12
Ahora
que te he conocido el mundo seguirá igual.
Y
sé muy bien que no debo esperar nada de ti.
Que
no espere nada,
que
no espere.
Qué
hermosa eres en tu pequeñez,
y
qué grande el dolor en mi alma al verte.
Vamos
a comer algo a la salida de la escuela.
Vamos
sobre tu coche recorriendo las antiguas
calles
de Guadalajara.
Quiero
cantar una canción triste.
Nunca
vi dentadura más perfecta que la tuya.
Tus
dientes blancos como tu traje de baño blanco.
Ordenados
como la fuerza gravitacional de los astros.
De
pie sobre la arena como una hierba joven,
con
el equilibrio de todas las cosas inconscientes,
eres
más fascinante que el flujo constante de las olas.
Hay
una nueva religión fundada en la mitad de mi pecho,
que
levanta sus catedrales en el interior de mi vida.
El
humo de los inciensos se eleva, nublando mi juicio.
Un
enigmático sacerdote oficia ahora la ceremonia litúrgica.
Y
yo escucho, de espaldas al mar, las palabras de un nuevo evangelio:
Bienaventurados aquellos que te
verán desnuda entre sus sábanas.
Bienaventurados aquellos que
naufragarán en el mar de tu cuerpo.
Bienaventurados aquellos que
besarán tus párpados dormidos.
Porque de ellos será el reino de los
cielos.
Quiero
cantar una canción triste.
13
Amanece
y el sol va a estamparse en
las
cortinas apenas sacudiendo el polvo.
Él
piensa:
Acaso
aún soy demasiado joven
y
aún falta desarrollo a mi cerebro,
aún
falta precisión a mi espíritu.
Es
posible que, al paso del tiempo,
de
los años; al obtener experiencia,
logre
asimilar, de manera positiva,
todo
lo que ahora me atormenta.
Luego
observaba con su pensamiento
a
la gente mayor que había conocido:
sus
rostros, esculpidos por la pena y
el
desengaño, eran aun más horribles
que
el suyo. Sus cuerpos, desagradables
e
inservibles, llenos de dolores e inútiles,
meros
despojos que arrojaba a la tierra,
sin
asco, sin nada, un sistema displicente.
Y
un futuro tan estrecho, que ya no
cabía
depositar en él ningún sueño.
Afuera
el canto de los pájaros llena el mundo,
pisando
de puntillas sobre el telar del silencio.
El
sueño de la tristeza viene a instalarse en sus
párpados
recién alzados. Porque, para algunos,
no
hay nada bueno que esperar en ningún sitio.
Entonces,
bajo sus pies, sin que él se dé cuenta,
comienza
a materializarse un camino lleno de
medusas,
de estrellas abatidas y demás criaturas
lumínicas,
un camino que termina en un gran
espacio
abierto, de color blanco y mortecino.
Y
extrañas voces comienzan a articular su nombre,
cada
vez más alto, cada vez más alto, cada vez más cerca.
(Importada de América [intromisión
II])
Mírenla
andar por sus apestosas calles.
En
México los niños aún gritan, y yo
sigo
soñando con albercas claras y con ríos.
No
reparen en su extraño acento, que era
otra
su lengua cuando empezó a amar.
Mírenla
andar por los campos en que Eneas
fue
a reencontrarse con su difunto padre, Anquises.
En
México aún ladran los perros aun heridos.
Y
yo me he puesto a enmarcar todos sus dibujos;
y
me he puesto a transcribir todos sus poemas.
La
muerte ha depositado sus huevecillos en mi garganta.
Y
yo los incubo día a día con el frío del desamor.
Mientras
en el cielo van formándose de pólvora las nubes
nace
en mi carne un dolor más grande que el de cualquier pena.
Enfermedad,
dirán algunos, pero yo sé que es un recordatorio.
La
muerte quiere que le preste mi voz,
quiere
tomar prestadas mis palabras.
Mírenla
andar sobre sus apestosas calles:
pálida
y abrigada por el terror al frío que baja de los Alpes,
con
el pensamiento siempre más allá o más acá de su cuerpo.
Su
belleza no resulta perceptible en medio de tantos autómatas,
pero
su vasto silencio jala la vista de algún hombre triste.
Importada
de América sus rasgos recuerdan los trazos de Tiziano.
No
será a ella a quien cierren sus fronteras; no, ella, siendo mexicana
es
descendiente, de algún modo, de su revolución burguesa.
Mírate
andar por esas apestosas calles, bella ensimismada.
(en
1970 Emil Cioran y Samuel Beckett también las recorrían.
Era
la época de la huelga de los barrenderos, un aroma infecto navegaba
el
aire, y las ratas corrían felices de un lado a otro de las calles.
París
nunca ha estado más bello, decía Beckett a su amigo. Así te
imagino
yo, caminando sobre la suciedad del mundo en un país criminal)
Mírate
andar por esas calles. Si pudieras ver, de la misma manera que
yo,
el movimiento de tu cabellera, sonreirías. Toma todo el placer
que
puedas. Da todo el placer que puedas. Transforma tu cerebro.
Tu
cuerpo y tu mente fueron creados para altos grados de regocijo.
Mírate
andar, indiferente, por esas apestosas calles, bella ensimismada.
¿Es
que acaso ignoras la realidad del mundo, o sólo finges ignorar?
Lo
que puedas responder resulta irrelevante. Tú también escucharás
los
gritos. Y cuando veas las columnas de fuego subir al cielo y los dedos
de
fuego bajar del cielo, mirarás, de nuevo, aquel país al otro lado del océano.
(Intromisión III)
Niño,
yo quiero estar bien despierto.
No
quiero que nada adormezca mi pensamiento al verte.
Yo
tampoco sé lo qué es la guerra.
Los
ricos siempre quieren ser más ricos,
los
pobres siempre tienen miedo, siempre cierran los ojos.
A
mí también me gusta jugar más que ninguna otra cosa.
Pero
aquellos dedos de fuego que atraviesan el cielo
no
son un juguete, son la mano de un dios malo y ajeno.
Niño,
yo tampoco sé lo qué es dios.
He
estado llorando toda la noche pensando en ti.
La
gente habla del esfuerzo individual, de la educación,
de
la disciplina y el trabajo para redimir a la especie.
Yo
pienso en la Revolución, en acabar con los ricos,
sueño
con un día en el que el pobre abra al fin los ojos.
Pero
luego pienso: ¿Qué son todas estas palabras para ti?
¿Revolución?
¿dios? ¿educación? ¿ricos? ¿pobres? ¿trabajo? ¿especie?
Tú
hablas el lenguaje del movimiento.
Tú
hablas el lenguaje del río.
Tú
hablas el lenguaje de inocentes insectos alados.
Tú
hablas el lenguaje de la risa.
Tu
lengua es la lengua del árbol y del cielo.
Tú
hablas el lenguaje de las cosas dulces.
Tú
hablas el lenguaje de la luz refractada en el rocío.
Tu
lengua es la lengua de la luna.
Tú
hablas como todo lo frágil, como todo lo inerme.
Tú
hablas el lenguaje primario, la lengua primigenia;
el
logos inaccesible.
Y
entonces nace la pesadilla,
porque
tu lenguaje puro no encuentra palabras
para
definir el terror que nace en tu pecho
cuando
ves estallar la tierra y al fuego elevar sus manos al cielo.
Para
definir el dolor de tus ojos cuando los llena tu sangre.
Para
definir el abandono cuando tu madre se va tan lejos
que
se vuelve una llama y un cuerpo sin ninguna voz que lo habite.
Niño,
yo estoy en mi departamento.
Yo
ya no puedo llorar por una mujer.
Ya
no puedo llorar por ningún dios.
Ya
no puedo llorar por una moneda y un papel sucio.
Lloro
por ti.
Porque
he corrido a tu lado.
Y
cada vez que te ríes es como si volviera a nacer el mundo.
Cada
vez que balbuceas mi nombre me vuelves puro nuevamente,
mi
mirada se expande y encuentra, como antaño, el movimiento de las nubes.
Niño,
lloro por mí que aquí me quedo,
para
contemplar tu cuerpo ya sin ojos ni sangre, ya sin palabra y sin risa.
Tu
cuerpo ya sin voz extendido en el polvo; vuelto súbitamente alimento
del
odio, de la rabia, de todas las cosas malas.
Me
doblo sobre la mesa y lloro.
Y
luego me voy a dormir.
Hay
muchas sombras moviéndose por mi cuarto.
Y
extrañas criaturas que oran oscuramente en el centro de mi corazón.
Y
hay mucha muerte en el mundo, mucha muerte. sólo muerte.
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