sábado, 22 de abril de 2017

Él (cuatro fragmentos)

12

Ahora que te he conocido el mundo seguirá igual.
Y sé muy bien que no debo esperar nada de ti.
           
            Que no espere nada,
            que no espere.

Qué hermosa eres en tu pequeñez,
y qué grande el dolor en mi alma al verte.

Vamos a comer algo a la salida de la escuela.
Vamos sobre tu coche recorriendo las antiguas
calles de Guadalajara.
Quiero cantar una canción triste.

Nunca vi dentadura más perfecta que la tuya.
Tus dientes blancos como tu traje de baño blanco.
Ordenados como la fuerza gravitacional de los astros.
De pie sobre la arena como una hierba joven,
con el equilibrio de todas las cosas inconscientes,
eres más fascinante que el flujo constante de las olas.

Hay una nueva religión fundada en la mitad de mi pecho,
que levanta sus catedrales en el interior de mi vida.
El humo de los inciensos se eleva, nublando mi juicio.
Un enigmático sacerdote oficia ahora la ceremonia litúrgica.
Y yo escucho, de espaldas al mar, las palabras de un nuevo evangelio:

Bienaventurados aquellos que te verán desnuda entre sus sábanas.
Bienaventurados aquellos que naufragarán en el mar de tu cuerpo.
Bienaventurados aquellos que besarán tus párpados dormidos.
Porque de ellos será el reino de los cielos.

Quiero cantar una canción triste.


13

Amanece y el sol va a estamparse en
las cortinas apenas sacudiendo el polvo.
Él piensa:

Acaso aún soy demasiado joven
y aún falta desarrollo a mi cerebro,
aún falta precisión a mi espíritu.

Es posible que, al paso del tiempo,
de los años; al obtener experiencia,
logre asimilar, de manera positiva,
todo lo que ahora me atormenta.

Luego observaba con su pensamiento
a la gente mayor que había conocido:
sus rostros, esculpidos por la pena y
el desengaño, eran aun más horribles
que el suyo. Sus cuerpos, desagradables
e inservibles, llenos de dolores e inútiles,
meros despojos que arrojaba a la tierra,
sin asco, sin nada, un sistema displicente.
Y un futuro tan estrecho, que ya no
cabía depositar en él ningún sueño.

Afuera el canto de los pájaros llena el mundo,
pisando de puntillas sobre el telar del silencio.
El sueño de la tristeza viene a instalarse en sus
párpados recién alzados. Porque, para algunos,
no hay nada bueno que esperar en ningún sitio.

Entonces, bajo sus pies, sin que él se dé cuenta,
comienza a materializarse un camino lleno de
medusas, de estrellas abatidas y demás criaturas
lumínicas, un camino que termina en un gran
espacio abierto, de color blanco y mortecino.
Y extrañas voces comienzan a articular su nombre,
cada vez más alto, cada vez más alto, cada vez más cerca.


(Importada de América [intromisión II])

Mírenla andar por sus apestosas calles.
En México los niños aún gritan, y yo
sigo soñando con albercas claras y con ríos.
No reparen en su extraño acento, que era
otra su lengua cuando empezó a amar.

Mírenla andar por los campos en que Eneas
fue a reencontrarse con su difunto padre, Anquises.
En México aún ladran los perros aun heridos.
Y yo me he puesto a enmarcar todos sus dibujos;
y me he puesto a transcribir todos sus poemas.

La muerte ha depositado sus huevecillos en mi garganta.
Y yo los incubo día a día con el frío del desamor.
Mientras en el cielo van formándose de pólvora las nubes
nace en mi carne un dolor más grande que el de cualquier pena.
Enfermedad, dirán algunos, pero yo sé que es un recordatorio.

La muerte quiere que le preste mi voz,
quiere tomar prestadas mis palabras.

Mírenla andar sobre sus apestosas calles:
pálida y abrigada por el terror al frío que baja de los Alpes,
con el pensamiento siempre más allá o más acá de su cuerpo.
Su belleza no resulta perceptible en medio de tantos autómatas,
pero su vasto silencio jala la vista de algún hombre triste.

Importada de América sus rasgos recuerdan los trazos de Tiziano.
No será a ella a quien cierren sus fronteras; no, ella, siendo mexicana
es descendiente, de algún modo, de su revolución burguesa.

Mírate andar por esas apestosas calles, bella ensimismada.
(en 1970 Emil Cioran y Samuel Beckett también las recorrían.
Era la época de la huelga de los barrenderos, un aroma infecto navegaba
el aire, y las ratas corrían felices de un lado a otro de las calles.
París nunca ha estado más bello, decía Beckett a su amigo. Así te
imagino yo, caminando sobre la suciedad del mundo en un país criminal)
Mírate andar por esas calles. Si pudieras ver, de la misma manera que
yo, el movimiento de tu cabellera, sonreirías. Toma todo el placer
que puedas. Da todo el placer que puedas. Transforma tu cerebro.
Tu cuerpo y tu mente fueron creados para altos grados de regocijo.

Mírate andar, indiferente, por esas apestosas calles, bella ensimismada.
¿Es que acaso ignoras la realidad del mundo, o sólo finges ignorar?
Lo que puedas responder resulta irrelevante. Tú también escucharás
los gritos. Y cuando veas las columnas de fuego subir al cielo y los dedos
de fuego bajar del cielo, mirarás, de nuevo, aquel país al otro lado del océano.


(Intromisión III)

Niño, yo quiero estar bien despierto.
No quiero que nada adormezca mi pensamiento al verte.

Yo tampoco sé lo qué es la guerra.
Los ricos siempre quieren ser más ricos,
los pobres siempre tienen miedo, siempre cierran los ojos.

A mí también me gusta jugar más que ninguna otra cosa.
Pero aquellos dedos de fuego que atraviesan el cielo
no son un juguete, son la mano de un dios malo y ajeno.
Niño, yo tampoco sé lo qué es dios.

He estado llorando toda la noche pensando en ti.
La gente habla del esfuerzo individual, de la educación,
de la disciplina y el trabajo para redimir a la especie.
Yo pienso en la Revolución, en acabar con los ricos,
sueño con un día en el que el pobre abra al fin los ojos.

Pero luego pienso: ¿Qué son todas estas palabras para ti?
¿Revolución? ¿dios? ¿educación? ¿ricos? ¿pobres? ¿trabajo? ¿especie?
Tú hablas el lenguaje del movimiento.
Tú hablas el lenguaje del río.
Tú hablas el lenguaje de inocentes insectos alados.
Tú hablas el lenguaje de la risa.
Tu lengua es la lengua del árbol y del cielo.
Tú hablas el lenguaje de las cosas dulces.
Tú hablas el lenguaje de la luz refractada en el rocío.
Tu lengua es la lengua de la luna.
Tú hablas como todo lo frágil, como todo lo inerme.
Tú hablas el lenguaje primario, la lengua primigenia;
el logos inaccesible.

Y entonces nace la pesadilla,
porque tu lenguaje puro no encuentra palabras
para definir el terror que nace en tu pecho
cuando ves estallar la tierra y al fuego elevar sus manos al cielo.

Para definir el dolor de tus ojos cuando los llena tu sangre.
Para definir el abandono cuando tu madre se va tan lejos
que se vuelve una llama y un cuerpo sin ninguna voz que lo habite.

Niño, yo estoy en mi departamento.
Yo ya no puedo llorar por una mujer.
Ya no puedo llorar por ningún dios.
Ya no puedo llorar por una moneda y un papel sucio.

Lloro por ti.
Porque he corrido a tu lado.
Y cada vez que te ríes es como si volviera a nacer el mundo.
Cada vez que balbuceas mi nombre me vuelves puro nuevamente,
mi mirada se expande y encuentra, como antaño, el movimiento de las nubes.

Niño, lloro por mí que aquí me quedo,
para contemplar tu cuerpo ya sin ojos ni sangre, ya sin palabra y sin risa.
Tu cuerpo ya sin voz extendido en el polvo; vuelto súbitamente alimento
del odio, de la rabia, de todas las cosas malas.

Me doblo sobre la mesa y lloro.
Y luego me voy a dormir.
Hay muchas sombras moviéndose por mi cuarto.
Y extrañas criaturas que oran oscuramente en el centro de mi corazón.
Y hay mucha muerte en el mundo, mucha muerte. sólo muerte.

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