lunes, 6 de marzo de 2017

El rompecabezas de Elí

!Le lavamos la tumba! !Se la pintamos! !A cinco varos! El señor nos miró desde un lugar lejano, con una cara de tristeza. Hizo el ademán de no con la cabeza y siguió su camino con lentitud, con ojos rojos y asuentes. El Moncho y yo teníamos nueve años. Era día de muertos y había oportunidad de ganar algunas monedas lavando tumbas. No nos importaba el dinero, solo queríamos pasar el rato y tener algo diferente que hacer lejos de las  maquinitas donde gastabamos las tardes entre ruidos de golpes y pistolas y majaderías de "los marihuanos". No era la primera vez que me enteraba de un tal hermano muerto. Mi tía, la mamá de Moncho, ya lo había mencionado en alguna ocación, pero nunca le dí importancia. "Hoy hubiera sido cumpleaños de tu hermano" llegué a pensar que mi tia se había confundido o ,en todo caso, se trataría de un medio hermano o algo por el estilo. Moncho también había tenido un hermana que murió y su familia era normal. No valía la pena pensar mucho en esas cosas. La pobre muchacha tenía parálisis. Permanecía acostada en un sillón cerca de la puerta con un mosquitero rosa que la cubría. La recuerdo blanca y bonita, completamente inmovil, como una especie de virgen o princesa encantada. "Esta muerta" le dije alguna vez a Moncho y él se rió y le dijo a mi tía quien no atinó mas que a hacer una mueca de reprobación. Hasta que un día ya no estaba ahí.
Llevábamos jabón, esponjas y baldes que llenábamos en la cisterna del panteón. También un botesito con pintura negra y una brocha pequeña para resaltar las letras de las lápidas por cinco pesos extra. No eramos los únicos niños que se  divertían en esa fecha abordando a la gente triste y el señor que se dedicaba todo el año al mantenimiento de las tumbas nos miraba con enojo por quitarle clientes y malbaratar los precios. Antes de oscurecer el Moncho me dijo "ven" y me guió entre las tumbas hasta que llegamos a una parte solitaria. Señaló una tumba deteriorada debajo de un árbol seco. El sol estaba poniendose y unas nubes grises coronaban la escena. Entonces ví mi nombre en la lápida. El mismo apellído pero los nombres en orden inverso. "Elí Josué... Recuerdo de sus compañeros de la secundaria 27" Decía el epitafio. Sonreí porque pensaba que se trataba de una curiosa coincidencia y regresé entusiasmado por contárselo a mis padres. "!El Moncho y yo encontramos una tumba con mi mismo nombre pero al revés y hasta con los mismos apellidos!" Mi madre levantó las cejas y volteó de inmediato al televisor conteniendo el llanto. Fue mi hermana mayor la que dias después me explicó que el hijo primogénito de nuestra familia se había colgado en el patio, en lo que ahora es el drogoratorio. Pocos años después mi madre se embarazó de un varón y decidieron ponerle el mismo nombre. Mi hermana tenía cinco años cuando sucedió. Vió a Elí colgando y sin comprender lo que pasaba fue a platicar un poco con la vecina. Poco después volvió para ver que seguía colgado y fue a decirle a mi madre que la estaba asustando que "estaba jugando muy feo". Fue mi madre quien tuvo que descolgarlo. "Yo recuerdo que se despidió de mí, se levantó y dió algunos pasos pero se desplomó y me pidió perdon". Mi hermana recuerda a mi padre en el funeral sentado en el sillón reclinable. Inmenso y furioso. Con los ojos encendidos y gritando de desesperación mientras mis tios lo sostenian para que no hieciera alguna locura. Erick, mi otro hermano, comenzó a beber.
Desde entonces la historia del hermano que se suicidó ha sido un rompecabezas de recuerdos y tristezas. Cuando le pregunto a mi padre se limita a decir que sucedió un accidente. Una tía cuenta que Elí jugaba a la ouija y que después de su muerte encontraron cosas raras en su cuarto que ahora es mi cuarto. No sé que tipo de "cosas raras" pudieron haber encontrado. A mi madre no le puedo preguntar del tema. De inmediato suelta el llanto y se niega a añadir información útil. Erick dijo que nuestra hermana sufrió de ataques epilépticos después de lo sucedido. Ella me confesó que creció toda su infancia con el remordimiento de haber tenido la culpa. Hoy en día no es la persona más cuerda e ignora que estuvo bajo medicación psiquiátrica durante varios años. Me pregunto cuál pudo haber sido el motivo que orilló a mi hermano al suicidio. Tenía 13 años, una edad verdaderamente difícil. También sé que Elí y Erick jugaban a ahorcarse para llegar a ese estado de placer producido por la falta de oxigeno y la liberacion de DMT. Y ya no sé mucho más al respecto. Solo que era lacio y guero. Y que desde entonces faltan muchas fotos en los álbumes de la familia. Se convitió en un tabú para mis padres. En algo que nunca sucedió porque después de todo aquí estaba su hijo con el mismo nombre. Cuando mi hermana me lo contó fue como una rajadura en la imagen que tenía de mi familia y de mí. La familia, hasta ese entonces pura e inmaculada, diferente a todas y sagrada se veía ahora manchada por la marca oscura de la muerte, de culpa, miedo y el señalamiento de las personas. Comprendí después por qué algunos de mis maestros en la secundaria, la misma a la cual había ido Elí, me miraban a veces con tristeza y también por qué nosotros no nos reuníamos con las demás familias en los quince años y los cumpleaños de los abuelos, por qué nuestra familia celebraba la navidad sola y por qué siempre me sentía observado por los vecinos al salir y entrar de la casa. Si Elí no se hubiera matado yo no habría nacido. Mis padres no planeaban tener más hijos. Muchas veces me sentí como una sombra o como un clon sin alma. Setía en mis hombros el peso de la muerte. Hoy sé que nada en los humanos es puro. Me sentí también como una reencarnación igualmente inclinado a temas de oscuridad y transgresión. Y aunque recuerdo que en mi infancia llegué a considerar más de una vez la idea del suicidio llegando incluso a acariciar mi abdomen y mi cuello con una navaja creo que nunca llegaría a probar el DMT. Hay cosas que deben permanecer ocultas hasta que llegue el momento indicado. Al rompecabezas se van añadiendo escenas como la de las vecinas chismosas hablandole a mi hermana y pidiendole a esa pobre niña de cinco años de la manera más cruel que les contara lo que había sucedido para tener algo de que platicar. A veces voy al panteón y bebo algo sentado en la tumba de mi hermano y fumo sin saber qué hago ahí o qué espero al seguir añadiendo piezas al rompecabezas. Y el árbol es ahora más grande y permanece siempre seco.

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