Ana, tú sabes mi sorpresa cuando me
dijiste aquello:
“las raíces de los ficus, al crecer
éste, buscan la superficie.
Es por eso que, muchas veces, destruyen
las aceras.
Sus raíces son fuertes; capaces de
destruir el concreto.
Para evitar esto sus ramas deben ser
podadas constantemente.
Por eso siempre la misma forma, porque
no los dejan crecer”.
Y yo que pensaba que el ficus era el
árbol más aburrido:
Un regalo estúpido de los gobiernos
locales a los barrios.
Es posible que te lo haya dicho: “un
árbol sin carácter, que
no le dice nada a la imaginación, como
las nubes matutinas”.
“Ven, te llevaré a un parque de ficus.
Allí los árboles son
libres. Son como mamíferos afortunados
dentro de un refugio.
A veces me parece que los escucho reír
¿has escuchado reír
a un árbol? es como si la hojarasca se
echara a andar”.
Me dejé arrastrar por tu mano bajo las
sombras del día.
Y llegamos a aquel lugar. Ana ¿cómo
explicarte lo que sentí
al ver aquellos árboles ingentes? Sus
raíces, onduladas,
salían y volvían a entrar a la tierra,
parecían enormes y oscuras
serpientes marinas. Y sus ramas,
rebosantes de hojas, se
extendían, como un bello caos, con
dirección al cielo.
Eran una cabellera verde, llena de
plumas oscuras y de cantos,
agitada por el viento. Entre árbol y
árbol: pilares de luz erguidos.
Nos sentamos en una banca de piedra
junto a un pilar de luz.
Tomaste mi mano y besaste mi cuello.
Decidimos salir del tiempo.
Nos ocultamos dentro de una atmósfera de
humos y amor.
Afuera los ficus vibraban; los pilares
languidecían, los pájaros callaban.
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