miércoles, 8 de junio de 2016

Ficus


Ana, tú sabes mi sorpresa cuando me dijiste aquello:
“las raíces de los ficus, al crecer éste, buscan la superficie.
Es por eso que, muchas veces, destruyen las aceras.
Sus raíces son fuertes; capaces de destruir el concreto.

Para evitar esto sus ramas deben ser podadas constantemente.
Por eso siempre la misma forma, porque no los dejan crecer”.

Y yo que pensaba que el ficus era el árbol más aburrido:
Un regalo estúpido de los gobiernos locales a los barrios.
Es posible que te lo haya dicho: “un árbol sin carácter, que
no le dice nada a la imaginación, como las nubes matutinas”.

“Ven, te llevaré a un parque de ficus. Allí los árboles son
libres. Son como mamíferos afortunados dentro de un refugio.
A veces me parece que los escucho reír ¿has escuchado reír
a un árbol? es como si la hojarasca se echara a andar”.

Me dejé arrastrar por tu mano bajo las sombras del día.
Y llegamos a aquel lugar. Ana ¿cómo explicarte lo que sentí
al ver aquellos árboles ingentes? Sus raíces, onduladas,
salían y volvían a entrar a la tierra, parecían enormes y oscuras

serpientes marinas. Y sus ramas, rebosantes de hojas, se
extendían, como un bello caos, con dirección al cielo.
Eran una cabellera verde, llena de plumas oscuras y de cantos,
agitada por el viento. Entre árbol y árbol: pilares de luz erguidos.

Nos sentamos en una banca de piedra junto a un pilar de luz.
Tomaste mi mano y besaste mi cuello. Decidimos salir del tiempo.
Nos ocultamos dentro de una atmósfera de humos y amor.
Afuera los ficus vibraban; los pilares languidecían, los pájaros callaban.

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