El mundo arde.
Bajo la luz de este sol y, por un instante, todo lo que se finge verdadero es
desintegrado. Y las risas desaparecen de los rostros. Y el maquillaje mezclado
con sudor desciende la piel del cuello. El único espejismo es la transparencia
vibrante sobre el asfalto. Y nadie se atreve a emitir una palabra.
Más que a
ninguna otra hora los ojos se extienden rebasando los dominios de la carne. Y
el espíritu enfermo tiembla como un hombre invadido de paludismo. Entendemos
con pavorosa claridad la imposición de nuestro destino. Y los niños de los
barrios pobres corren tras una pelota sin saber nada. Y las monedas suenan en
los bolsillos como la voz de un ser superior al hombre.
La carne es
triste. Y, como una mujer que sintiera en el vientre el movimiento de un reptil
o una araña, sentimos bajo la piel desarrollarse la muerte. Dentro de nosotros
la muerte madura como una flor o un fruto. Madura como las ramas y los
hundimientos y las tragedias y la gravedad de los asuntos.
Mujer, han
aparecido las primeras arrugas sobre tu cara, y has engordado como un cerdo en
la mira de un matancero. A tu pesar y a través de tu amor, reconoces que tu
hijo es un ser prosaico, innecesario al mundo, a la vida en abstracto, a la
subjetividad de cualquier individuo. Sin dinero para huir, recorres los mismos
caminos día a día, de ida y de vuelta. Y casi escuchas a la muerte susurrar
dentro y no sabes para qué has vivido.
A esta hora
descubres que envejeces, que estás incubando a tu propia muerte. Mira en todas
direcciones, humano, no hay salida para los cobardes. Nosotros elegimos esto.
Entregamos en bandeja de plata nuestra libertad a cambio de una gestación más
tranquila para nuestra muerte. Y he aquí que no eres más que esto: alimento
barato para las máquinas, placenta de la muerte, animal en que experimentan la
ciencia y la economía.
Regresa a tu
casa cada tarde; fatigado y desprovisto de sueños. Enciende el televisor, fuma y
bebe hasta la inconciencia. Si aún existe un mínimo deseo ve a coger con tu mujer o
mastúrbate. Y no digas nada porque el tiempo de decir se ha ido. Y no trates
nada porque el tiempo de tratar se ha ido. Y te juro que para ti, hombre sin
dinero, sin juventud, sin valor, sin voz; no hay nada que no sea una pradera de
metales oxidados. Nada que no sea un mar negro inmóvil y sin reflejos. Nada que
no sea un estrechísimo pasillo con una puerta de metal al fondo.
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