martes, 15 de diciembre de 2015

VIII. Ana

Tú, Ana, embebías tus ojos en luna
Y tus labios en el color rosado
Sembrabas bosques acuáticos e iluminabas cicatrices

Caminabas lento, como diciendo:
“Despacio, Cariño, despacio
¿No ves la manera en que se mueven
el cielo y las constelaciones?
¿No ves que el tiempo nunca empieza
ni acaba y no tiene sentido apresurarse?"

Ana, pequeño bosque oculto en la aridez del mundo
Ana, laguna. Ana, fruto carmesí y aroma lácteo

Echa un vistazo a mi alma, Ana
¿Ves los lagos y las golondrinas?
¿Ves las garzas y los balnearios?
¿Y las mesas solas y los pequeños peces?

No hay nada allí sin tu nombre
No hay nada allí que no te piense
Todo tiene sabor a eternidad

Ana, meditabunda, poblada de símbolos que me pertenecen
Ana, cielo estrellado y carretera nocturna
Ana, cabellos rojos, Ana, noctámbula

Nosotros vamos a significar el mundo
Vamos a destruir la gran mentira que
Todos han creído verdad propia

Permíteme hundirme en tus manos
Como una semilla en la arena
Como un barco en las olas
Como un relámpago en la mitad del cielo.

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