Durante
semana santa la iglesia del pueblo no oficia. Los iconos son cubiertos por
telas púrpuras. Las campanas guardan un silencio ceremonioso. Miran arrogantes
por encima de los árboles más lejanos. El niño camina con la mochila rota y el
hambre a cuestas. Sobre la cruz más alta se ha detenido un cuervo. Anoche el
niño soñó a un dragón de siete cabezas. De su pico cuelga una entraña aún
sangrante. La corrupción erigió esta iglesia. Por la mañana el niño robó a su
madre las pastillas de colores. Sobre la cruz más alta el cuervo comienza a
hablar. Las campanas meditan y sus metales vibran. El niño entra a la iglesia y
observa. En su pupila dilatada cabe toda
la luz. No hay nada benigno aquí, nada
benigno, nada sagrado. Bajo las telas púrpuras el niño ve fluir la sangre.
En el confesionario: gusanos como sobre un cadáver. En un cuarto al fondo el
sacerdote cuenta dinero ensangrentado. En el culo de la hermana y en su pecho
el diablo se recrea. Bajo tierra un dragón de agua se sacude. El santísimo es
el oro y nada más. Encerrándose en sí mismo como un espiral que se encoge el
niño ora. Señor mío Dios mío haz que
muera toda la gente haz que muera toda la gente haz que muera toda la gente…Y
llora. Tras el altar el diablo lame las heridas de cristo que van llenándose de
pústulas. Las campanas se agrietan. La corrupción se empodera. Los más buenos
son pecadores por omisión. Los más, por estupidez. El destino del mundo está en
manos de idiotas. El mal hace mucho ha triunfado. De las pústulas salen
cucarachas. El niño sale corriendo. A la salida el cielo es más gris y las
nubes más pesadas. Los pedazos de campana suenan a gritos al tocar la tierra.
Todo parece igual y no lo es. En los rostros de las gentes risas ajenas. Lejos
de toda voz de toda súplica se encuentra Dios. Del pecho del niño brotan dos grandes
arañas rojas que rápido se alejan del cadáver. Y arriba, saciados de entrañas,
los cuervos comienzan a vomitar salmos oscuros…
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