martes, 14 de abril de 2015

Gusano de seda




Leer es todos los verbos, porque leer es soñar, matar, construir, jugar, comer, y leer también es cagar.
   Leer es todas las cosas, porque leer es pared y ventana, leer es bicicleta y avión, pedazo de lodo embarrado en el tenis, y también es pistola sin balas y bomba nuclear.
   El acto de leer es esa pluma llevada al suelo cortando el aire a ratos, casi deseando reflejar al sol en su caída nomás por hambre, todo siempre por hambre, y por sexo: hambre de sexo y el sexo con hambre que vive el país y que da ejércitos enteros a los padres de una familia que vive en la miseria; sexo con hambre porque preferiste ir a verlo y cogértelo en tu hora de comida; sexo con hambre porque andas grifo y pide una pizza y después otra baiza y terminan enlazados y descubren; sexo sin hambre: qué aburrición, cogen por compromiso, porque firmaron un papel hace mucho y quieren evitar la fatiga de divorciarse, de andar un camino no caminado y pagar por una separación que ya tiene mucho tiempo, cogen y siguen cogiendo hasta el final de sus días porque el hombre no podía coger con Luz siempre que quería porque no le alcanzaba y todo es culpa del PRI hasta que lo tumbemos, dice el pueblo; sexo sin hambre porque se me atravesaron unos tacos y no unas putas hamburguesas jodidas de Mc Donald’s; te traje uno de bistec y tres de tripa; yo sé que te gustan las tripas; yo lo sé, te conozco; sé que cuando cogiste con Paulina por primera vez casi te desmayas mientras embarraban sus ombligos de sudor en esa cama tan frecuentada por todos y por nadie, porque no somos nada, y entonces, cómo queremos ser algo; si tú casi te desmayas encima de ella porque el esfuerzo físico era demasiado y con la boca seca la mirabas pensando que qué bueno que habías decidido acompañarla hasta su casa y tener la suerte del valiente, que es la única que existe, en lugar de haber cenado solo. Cambiaste la carne de res por la carne humana; decidiste ir con ella para sufrir de hambre y gozar de sexo; te temblaban las entrañas, tu cuerpo pedía comida y tú le diste un cuerpo que no era comestible; la pena te impidió pedir algo de cenar antes de pasar a su cuarto. Subías al cadalso o al cielo, la verdad no lo podría precisar, las luces también desprenden niebla, te lo aseguro. Cada paso en dirección al cuarto un recordatorio de tu mañana: te levantas tarde porque te dormiste borracho. Piensas que todo valió madre. Avientas la sábana. Prendes el boiler. Corres a poner café. Pones café. Corres al baño. Entre el baño y la cocina te das cuenta que es muy tarde para esperar a que el agua se caliente. Corres a apagar el boiler y efectivamente lo apagas. Corres al baño y al llegar te deslizas para pasar por el marco de la puerta porque la caída no justifica la pérdida de la carcajada y del estilo. Abres la regadera. Te bañas sin chamarra pero cómo quisiera, porque hace un frío de aquellos, y no está, se ha ido, para siempre y no volteó para atrás: siempre te gustó por eso. Secas tu cuerpo, empiezas por la verga. La miras y te ríes de verla así, tan abandonada a su suerte. Corres a la cocina. Te atascas la taza de café sin manchar tu ropa y después masticas una barra de avena que en realidad es de desecho de avena transgénica, pero guardemos el secreto, en honor al capitalismo. Pasas el cepillo una vez por abajo y dos por arriba como reminiscencia de que se pertenece a un grupo en el cual es recomendable hacerlo para ocultar el olor que viene desde el estómago. Sales de tu casa a tomar el camión y olvidas las llaves, pero no te das cuenta, y sin embargo no importa porque esta noche duermes o mueres en casa de Paulina: te desmayas. Casi. Todo porque decidiste tener sexo con hambre. Y te la comiste, porque el hambre era demasiada, porque es la naturaleza y el instinto seguido siempre termina en una humedad tibia un tanto oscura, dicen algunos, que asusta, que debería terminar, piensan otros. Acuérdate, dabas mordidas en su carne y ella gritaba porque estaba viva, pero luego no sabes qué más pasó aparte del tiempo.
    Una vez el hombre de aquí arriba, al que cuando lo ven algunos se persignan, comió un filete de res con una ensalada mientras una mujer hermosa y con los pies recién lavados le chupaba toda la torcida a la derecha, porque así estaban las cosas, por una cantidad nunca sabida por ella. Ni por nadie. Porque no somos nada para andarnos preguntando cosas que no tengan que ver con el sexo y el hambre.


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