Leer es todos los verbos, porque leer es soñar, matar,
construir, jugar, comer, y leer también es cagar.
Leer es todas las cosas, porque leer es pared y ventana,
leer es bicicleta y avión, pedazo de lodo embarrado en el tenis, y también es
pistola sin balas y bomba nuclear.
El acto de leer es esa pluma llevada al suelo cortando el
aire a ratos, casi deseando reflejar al sol en su caída nomás por hambre, todo
siempre por hambre, y por sexo: hambre de sexo y el sexo con hambre que vive el
país y que da ejércitos enteros a los padres de una familia que vive en la
miseria; sexo con hambre porque preferiste ir a verlo y cogértelo en tu hora de
comida; sexo con hambre porque andas grifo y pide una pizza y después otra
baiza y terminan enlazados y descubren; sexo sin hambre: qué aburrición, cogen
por compromiso, porque firmaron un papel hace mucho y quieren evitar la fatiga
de divorciarse, de andar un camino no caminado y pagar por una separación que
ya tiene mucho tiempo, cogen y siguen cogiendo hasta el final de sus días
porque el hombre no podía coger con Luz siempre que quería porque no le
alcanzaba y todo es culpa del PRI hasta que lo tumbemos, dice el pueblo; sexo
sin hambre porque se me atravesaron unos tacos y no unas putas hamburguesas
jodidas de Mc Donald’s; te traje uno de bistec y tres de tripa; yo sé que te
gustan las tripas; yo lo sé, te conozco; sé que cuando cogiste con Paulina por
primera vez casi te desmayas mientras embarraban sus ombligos de sudor en esa
cama tan frecuentada por todos y por nadie, porque no somos nada, y entonces,
cómo queremos ser algo; si tú casi te desmayas encima de ella porque el
esfuerzo físico era demasiado y con la boca seca la mirabas pensando que qué
bueno que habías decidido acompañarla hasta su casa y tener la suerte del
valiente, que es la única que existe, en lugar de haber cenado solo. Cambiaste la
carne de res por la carne humana; decidiste ir con ella para sufrir de hambre y
gozar de sexo; te temblaban las entrañas, tu cuerpo pedía comida y tú le diste
un cuerpo que no era comestible; la pena te impidió pedir algo de cenar antes
de pasar a su cuarto. Subías al cadalso o al cielo, la verdad no lo podría
precisar, las luces también desprenden niebla, te lo aseguro. Cada paso en
dirección al cuarto un recordatorio de tu mañana: te levantas tarde porque te
dormiste borracho. Piensas que todo valió madre. Avientas la sábana. Prendes el
boiler. Corres a poner café. Pones café. Corres al baño. Entre el baño y la
cocina te das cuenta que es muy tarde para esperar a que el agua se caliente. Corres
a apagar el boiler y efectivamente lo apagas. Corres al baño y al llegar te
deslizas para pasar por el marco de la puerta porque la caída no justifica la
pérdida de la carcajada y del estilo. Abres la regadera. Te bañas sin chamarra
pero cómo quisiera, porque hace un frío de aquellos, y no está, se ha ido, para
siempre y no volteó para atrás: siempre te gustó por eso. Secas tu cuerpo,
empiezas por la verga. La miras y te ríes de verla así, tan abandonada a su
suerte. Corres a la cocina. Te atascas la taza de café sin manchar tu ropa y
después masticas una barra de avena que en realidad es de desecho de avena
transgénica, pero guardemos el secreto, en honor al capitalismo. Pasas el
cepillo una vez por abajo y dos por arriba como reminiscencia de que se
pertenece a un grupo en el cual es recomendable hacerlo para ocultar el olor
que viene desde el estómago. Sales de tu casa a tomar el camión y olvidas las
llaves, pero no te das cuenta, y sin embargo no importa porque esta noche duermes
o mueres en casa de Paulina: te desmayas. Casi. Todo porque decidiste tener
sexo con hambre. Y te la comiste, porque el hambre era demasiada, porque es la
naturaleza y el instinto seguido siempre termina en una humedad tibia un tanto
oscura, dicen algunos, que asusta, que debería terminar, piensan otros. Acuérdate,
dabas mordidas en su carne y ella gritaba porque estaba viva, pero luego no
sabes qué más pasó aparte del tiempo.
Una vez el hombre de
aquí arriba, al que cuando lo ven algunos se persignan, comió un filete de res
con una ensalada mientras una mujer hermosa y con los pies recién lavados le
chupaba toda la torcida a la derecha, porque así estaban las cosas, por una
cantidad nunca sabida por ella. Ni por nadie. Porque no somos nada para
andarnos preguntando cosas que no tengan que ver con el sexo y el hambre.
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