¿Qué es lo que pueden ver? El cuerpo. El infierno es la mirada
de los otros. Mirarnos es petrificarnos, esclavizarnos.
Ernesto Sábato, Abbadón el exterminador.
La noche estaba
fría y el viento sonaba de una manera extraña. Caminaba de prisa y no me había
dado cuenta que hacía más de cinco cuadras desde que vi a la última persona en
las calles. Antes de entrar al hotel miré mi reloj (maravilla de la ingeniería,
regalo de mi abuelo. Cuerda una vez al día) eran las tres con diecisiete
minutos.
Nunca antes había estado en un hotel lujoso,
así que en realidad no sabía cómo funcionaban las cosas, pero me pareció
extraño que no hubiese una sola persona en la recepción ni en el vestíbulo. Me
asomé a la calle, pero todo el alumbrado público había desaparecido, y ahora,
el sonido del viento me hacía pensar en palabras de algún lenguaje desconocido.
Con la mente llena de cosas difíciles de nombrar, dirigí de nuevo mi mirada al
interior del hotel; este se hallaba iluminado, por una luz tenue pero
iluminado, pero yo no sabía de dónde provenía aquella luz que me permitía ver,
no sin cierta dificultad, las lámparas del hotel completamente apagadas. Era
una luz extraña, no se parecía a ninguna luz eléctrica, ni a ninguna fogata, ni
siquiera se parecía a alguno de los extraños tonos de la luz del atardecer. Las
sombras parecían moverse más que los objetos que las generaban. En un rincón
del vestíbulo, sembrada a su maceta, una planta de interior cuyo nombre
desconozco yacía inmóvil, pegada a ella, en el piso, las hojas de su sombra se
movían como en los momentos previos a una tempestad. Un temblor incontrolable
se apoderó de mis manos, (a veces, cuando aún era un estudiante de periodismo,
tras ingerir grandes cantidades de alcohol y tomar pastillas, me ocurría algo
parecido) creí necesitar un trago.
Al fondo a la
derecha, se daba acceso al bar. Lo hallé abierto, pero no había una sola alma
dentro de él. Me acerqué a la barra y llamé un par de veces. Tras no recibir
respuesta me decidí a saltarla. Tomé una botella de un tequila añejo, el cual
en una situación normal mis finanzas no me habrían permitido comprar. Con la
botella aún en la mano regresé al vestíbulo.
Mi habitación estaba en el quinto piso. Sin
esperanza, casi como jugando me acerqué al ascensor. Para mi sorpresa, a pesar
de que los botones no estaban iluminados, segundos después de que presioné uno
de ellos las puertas del elevador se abrieron, casi sin dudar entré a él. Antes
de que las puertas se cerraran eché un último vistazo a la sala, me pareció que
sobre la sombra de aquella planta en el rincón comenzaban a dibujarse pequeños
círculos color rojo.
Cuando el
ascensor comenzó a moverse noté que su interior estaba iluminado por la misma
extraña luz que había visto en el hotel.
Tampoco pude averiguar de dónde provenía esta luz. Me giré y me vi en el
espejo: mi cabello estaba alborotado, mis ojos rojos y casi cerrados, mi
corbata no estaba, había desaparecido en algún lugar, mi traje estaba arruinado,
presentaba roturas en distintas partes. No me di cuenta en que momento mi nariz
había comenzado a sangrar. Tengo que decir también que el hombre que vi en el
espejo no era yo, me di cuenta de todas estas cosas en mi ropa y mi aspecto al
verlas sobre él. Pero aquel hombre no era yo.
Cuando las
puertas se cerraron a mis espaldas abrí la botella y di un largo trago al
tequila. Fue un bello momento cuando el líquido bajó quemando mi garganta.
Estaba por entrar a mi cuarto cuando recordé lo pequeños círculos rojos.
Entonces miré abajo hacía el vestíbulo y pude ver claramente: los que me habían
parecido pequeños círculos rojos eran en realidad pequeños ojos de párpados
rojos que se abrían y se cerraban. Se habían extendido por toda la planta baja
y subían veloces por las paredes. Aterrorizado, me di vuelta dispuesto a
encerrarme en mi habitación y allí morirme. Mis manos temblaban tanto que antes
de abrir la puerta las llaves cayeron al piso un par de veces. Cuando por fin
logré entrar ya se oía muy cerca el rumor de los párpados que se abrían y se
cerraban.
Dentro de la
habitación caminé hacía atrás, bebiendo de la botella y tratando de escuchar lo
que sucedía al otro lado de la puerta, pero ésta, ante mi mirada de terror,
comenzó a transformarse en miles de ojos de distintos tamaños que me miraban
escrutadoramente. El piso, el techo, se convertían veloces en ojos que me
miraban infatigables, di unos paso más hacia atrás y tropecé con lo que debía
ser la cama, pero al apoyarse, mis manos sólo encontraron esferas viscosas, la
cama se había vuelto de ojos. Me volví al borde del desmayo y vi a María, desnuda sobre la cama de ojos
me miraba fríamente con sus ojos verdes, luego me dijo con voz burlona “tú eres
el infierno, el infierno está en ti, el infierno está en ti”. Antes de perder
el conocimiento pude ver que otros ojos se superponían sobre los ojos verdes de
María. Luego su cuello, luego sus hombros, luego sus senos, fueron volviéndose
párpados rojos y pestañas.
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