sábado, 14 de marzo de 2015

Hotel

¿Qué es lo que pueden ver? El cuerpo. El infierno es la mirada
                                                               de los otros. Mirarnos es petrificarnos, esclavizarnos.
                                                                                                
                                                                                                Ernesto Sábato, Abbadón el exterminador.

La noche estaba fría y el viento sonaba de una manera extraña. Caminaba de prisa y no me había dado cuenta que hacía más de cinco cuadras desde que vi a la última persona en las calles. Antes de entrar al hotel miré mi reloj (maravilla de la ingeniería, regalo de mi abuelo. Cuerda una vez al día) eran las tres con diecisiete minutos.
 Nunca antes había estado en un hotel lujoso, así que en realidad no sabía cómo funcionaban las cosas, pero me pareció extraño que no hubiese una sola persona en la recepción ni en el vestíbulo. Me asomé a la calle, pero todo el alumbrado público había desaparecido, y ahora, el sonido del viento me hacía pensar en palabras de algún lenguaje desconocido. Con la mente llena de cosas difíciles de nombrar, dirigí de nuevo mi mirada al interior del hotel; este se hallaba iluminado, por una luz tenue pero iluminado, pero yo no sabía de dónde provenía aquella luz que me permitía ver, no sin cierta dificultad, las lámparas del hotel completamente apagadas. Era una luz extraña, no se parecía a ninguna luz eléctrica, ni a ninguna fogata, ni siquiera se parecía a alguno de los extraños tonos de la luz del atardecer. Las sombras parecían moverse más que los objetos que las generaban. En un rincón del vestíbulo, sembrada a su maceta, una planta de interior cuyo nombre desconozco yacía inmóvil, pegada a ella, en el piso, las hojas de su sombra se movían como en los momentos previos a una tempestad. Un temblor incontrolable se apoderó de mis manos, (a veces, cuando aún era un estudiante de periodismo, tras ingerir grandes cantidades de alcohol y tomar pastillas, me ocurría algo parecido) creí necesitar un trago.
Al fondo a la derecha, se daba acceso al bar. Lo hallé abierto, pero no había una sola alma dentro de él. Me acerqué a la barra y llamé un par de veces. Tras no recibir respuesta me decidí a saltarla. Tomé una botella de un tequila añejo, el cual en una situación normal mis finanzas no me habrían permitido comprar. Con la botella aún en la mano regresé al vestíbulo.
 Mi habitación estaba en el quinto piso. Sin esperanza, casi como jugando me acerqué al ascensor. Para mi sorpresa, a pesar de que los botones no estaban iluminados, segundos después de que presioné uno de ellos las puertas del elevador se abrieron, casi sin dudar entré a él. Antes de que las puertas se cerraran eché un último vistazo a la sala, me pareció que sobre la sombra de aquella planta en el rincón comenzaban a dibujarse pequeños círculos color rojo.
Cuando el ascensor comenzó a moverse noté que su interior estaba iluminado por la misma extraña luz que había  visto en el hotel. Tampoco pude averiguar de dónde provenía esta luz. Me giré y me vi en el espejo: mi cabello estaba alborotado, mis ojos rojos y casi cerrados, mi corbata no estaba, había desaparecido en algún lugar, mi traje estaba arruinado, presentaba roturas en distintas partes. No me di cuenta en que momento mi nariz había comenzado a sangrar. Tengo que decir también que el hombre que vi en el espejo no era yo, me di cuenta de todas estas cosas en mi ropa y mi aspecto al verlas sobre él. Pero aquel hombre no era yo.
Cuando las puertas se cerraron a mis espaldas abrí la botella y di un largo trago al tequila. Fue un bello momento cuando el líquido bajó quemando mi garganta. Estaba por entrar a mi cuarto cuando recordé lo pequeños círculos rojos. Entonces miré abajo hacía el vestíbulo y pude ver claramente: los que me habían parecido pequeños círculos rojos eran en realidad pequeños ojos de párpados rojos que se abrían y se cerraban. Se habían extendido por toda la planta baja y subían veloces por las paredes. Aterrorizado, me di vuelta dispuesto a encerrarme en mi habitación y allí morirme. Mis manos temblaban tanto que antes de abrir la puerta las llaves cayeron al piso un par de veces. Cuando por fin logré entrar ya se oía muy cerca el rumor de los párpados que se abrían y se cerraban.

Dentro de la habitación caminé hacía atrás, bebiendo de la botella y tratando de escuchar lo que sucedía al otro lado de la puerta, pero ésta, ante mi mirada de terror, comenzó a transformarse en miles de ojos de distintos tamaños que me miraban escrutadoramente. El piso, el techo, se convertían veloces en ojos que me miraban infatigables, di unos paso más hacia atrás y tropecé con lo que debía ser la cama, pero al apoyarse, mis manos sólo encontraron esferas viscosas, la cama se había vuelto de ojos. Me volví al borde del desmayo  y vi a María, desnuda sobre la cama de ojos me miraba fríamente con sus ojos verdes, luego me dijo con voz burlona “tú eres el infierno, el infierno está en ti, el infierno está en ti”. Antes de perder el conocimiento pude ver que otros ojos se superponían sobre los ojos verdes de María. Luego su cuello, luego sus hombros, luego sus senos, fueron volviéndose párpados rojos y pestañas.

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