El carro se detenía, las calles y
edificios seguían segando la infinitud en piezas de privación, las
personas me miraban como bestia aventanada, olfateaban mi baba en el asfalto y
veían cómo se evaporaba entre los espejismos del tránsito, los perros bailarines
seguían con su Can Can infernal sobre los comales de la glorieta que los
mantenía como cerberos vigilantes, resguardando las palabras de Rulfo y las
piedras del Páramo.
La humedad del viento parecía volver los pulmones
en globos de vueltas de mundo y la ahora carroza ganaba aplausos entre las
palmas de los transeúntes que se rostizaban caminando en llamas.
La nostalgia de las praderas primaverales
sólo estaba en las luces del semáforo oxidado y en los deseos de retorno de los
camioneros adormilados porque en las macetas solamente unas cuantas plantas habían
podido sobrevivir el rocío de plasma, a la tierra magmosa.
El aliento a podredumbre de los restos de
animales que buscaban sin descanso la lluvia que no llegaba en la tiendita de
la esquina disolvía el sudor en asco, mientras yo abandonaba la idea de salir de aquel lugar de fantasmas
olvidados, de homúnculos hirviendo en su ensimismado paraíso, de aquel oasis
cárnico de agonía delirante.
Imagen vista por última vez el 3 de marzo del 2015 en la dirección de internet: http://www.panoramio.com/photo/1946151

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