Para curarme de las personas y de
mí mismo comencé a ver todas las noches películas de horror. Disfrutaba todas
las noches sentado en mi sofá con la televisión enfrente y las luces apagadas una
descarga de adrenalina, una rebeldía asesina que tanto me hacía falta. Esa
sensación era descubierta cada noche, y yo renacía viendo cómo todas las rubias
protagonistas, con cuerpo de actriz porno y actitud inocente eran
descuartizadas falsamente dentro de una cabaña abandonada en el bosque. Horror
también significa repulsión.
Virginia era rubia y la conocí
porque un día mi televisor dejó de funcionar. A veces las personas dejan de
funcionar cuando algo en su miserable vida termina, lo he visto porque yo
observo cómo fingen no perder la razón y sonríen diciendo “todo está bien”,
pero en realidad se están derrumbando, están perdiendo el éxtasis. No hice nada
para que el televisor volviera a funcionar, me quedé quieto, y me senté en el
sofá para ver si podía revivir la emoción reconstruyendo las imágenes en mi
cabeza: fue inútil, sólo vi mi reflejo en el oscuro televisor. Había visto
durante tanto tiempo imágenes violentas que al ver mi reflejo ahí el mundo me
pareció demasiado grande, las emociones se convirtieron en elefantes gigantes
que aplastaban mi cabeza cuando pensaba en la gente. Estuve a punto de
encogerme, de desmayarme; todavía me acuerdo que al tomar un vaso con agua mi
cuerpo temblaba de miedo, mi cuerpo acostumbrado a un vicio decidió buscarlo de
nuevo. Comprendo que quieran compararme con un drogadicto y su estúpido
síndrome de abstinencia, es normal, ellos y yo estamos buscando algo que no
sabemos que existe pero que realmente sabemos lo que es y esa noche sabía verdaderamente
qué buscar. Drogarse también significa esperanza.
Mi película favorita es Psicosis, de Alfred Hitchcok, le digo a
Virginia mientras ella está de rodillas vomitando una sustancia negra en mis
zapatos. Este tipo de bares es recurrido por personas que quieren perder su
humanidad, su magia, que no quieren identificarse con nadie, que desean volver
al origen de su nacimiento. En la entrada se encuentra una barra donde un tipo
que utiliza lentes oscuros baila sin parar y reparte alcohol sólo a las mujeres
que están semidesnudas; el techo está repleto de luces moradas que parpadean
cada doce segundos, la pared se está cayendo y una frase con grafiti, “Puedes
protegerte contra todo menos contra el tiempo”, disimula la humedad y la
suciedad del muro; en la pista de baile es donde más gente hay, los que están
hasta adelante alabando al dj como un Dios transmiten sus movimientos de baile
a los de atrás y juntos forman un oleaje, todos forman una sola ola que va
reventar cuando alguien se le ocurra dirigir el submarino a la superficie, el
piso está repleto de colillas de cigarro y la vomitada negra de Virginia le da
un toque surrealista. Me acerqué a su oído y le grité: “¿Cuál es tú mayor
placer estético?“ Ella me miró desconcertada, se desesperó, intentó limpiarse
su vomitada con la mano pero se embarro más la cara, “Yo soy la respuesta a
todo placer estético ¡Naturalista!, yo soy Naná, yo soy Madame Bovary, qué
importa si el espíritu se vuelve monstruoso, qué importa si es con la ayuda de
de las drogas, con la absenta, el vino o la cerveza, el objetivo es sumergirse
en el abismo, ¿Por qué vienes a una fiesta si estás triste?” Espíritu también
significa vacío.
Virginia se estaba derrumbando, se
había metido dos pastillas y llevaba una botella de whisky encima, para mi
sorpresa todavía podía caminar. El delgado aire surgido de las calles angostas
donde apenas podíamos avanzar movió el cabello rubio de Virginia y sentí el
despertar de una naturaleza destructiva recorriendo todo mi cuerpo como un
escalofrió hirviente. Comencé a aburrirme de su conversación, decía “El amor es
un cuadrante del circulo, un cuarto de círculo obtenido por radios en ángulo
recto y el arco que los conecta, como cuando Verlaine le disparó
accidentalmente a Rimbaud, fue amor del bueno, y que todo el maldito mundo se
entere”. Corrió en círculos por toda la cuadra gritando que alguien la golpeara
para sentir algo. Mentiras, más mentiras, me estaba desesperando e intenté
explicarle cuál era la verdadera razón por la que íbamos camino a su casa “Yo
soy Norman Bates, y necesito liberarme de mí mismo”. Círculo también significa
retorno.
Nada es real, todo se desvanece, lo
sé porque Virginia lo sabe, estaba de pie frente a la ventana de su apartamento
bailando sin música; sus movimientos eran tan bruscos que cayó y se golpeó la
cabeza, un chorro de sangre como si fuera una serpiente persiguiendo a su presa
recorrió despacio su cuello. La sangre me recuerda que somos mortales, me
recuerda que he estado viviendo en una farsa donde las mentes están
esclavizadas por mentiras y más mentiras, he estado viviendo en un cuarto de
noche mirando películas de horror y aprendiendo las formas en que la muerte y
la libertad siempre van de la mano. Lo real también significa muerte.
Virginia estaba fría y sudaba
mientras le contaba que la solución a todos nuestros problemas era aceptar la
muerte. Ella lloraba, debió de saber que era una estúpida por darse por vencida,
balbuceaba cosas sin sentido mientras yo recorría su cocina cantando una
canción que algún día escuche de un vago:
Viólame
en tiempos violentos
del
modo más vil que conozcas.
Destrúyeme,
devástame,
atácame salvajemente,
no tengas piedad de mí…
Encontré un cuchillo de una punta
larga en un cajón, me acerqué a Virginia
y sin pensarlo dos veces, de un solo golpe le enterré el arma en su pecho, como
si fuera un desfibrilador, como si necesitara ser resucitada. Yo soy Jack el
destripador, yo soy Michael Myers, yo soy Norman Bates, yo soy todos los asesinos.
Ella nunca se movió, no
reaccionó, se paralizo y los últimos segundos de su miserable vida los
desperdicio mirándome con tristeza. Me sentía invencible, no me asusté cuando
salí del apartamento. Tiempo después ya no necesité volver a ver una película,
me sentaba en la oficina y saludaba a todos mis compañeros, les sonreía y les
decía “todo está bien” y yo me sumergía en el recuerdo de Virginia.
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