El tren ya había partido cuando llegaste sin maletas pero estás.
En el vagón, con una cerveza en la mano, preguntándote si escribir sobre ella o
ir por ella, escribir sobre ella o ir por ella escribir por ella o por la
locura escribir sobre sus piernas y su electricidad o nadar en el cenote -Dos
ojos. Pero ya es muy tarde para preguntarse ‘qué pasaría’ en el mundo de los
perros.
No es jugar a los dados, es disfrutar el viaje y no atascarse
con la mierda que sale del excusado sin cadena del bar de la realidad que se
viste de puta y le baila a quien tenga dinero y poder es igual a lo mismo y una
que otra vez se enamora y tiene una esperanza perdida a futuro. Entender el
transcurrir del tiempo como una representación incesante y no querer ser actor
sino perro porque la realidad es una silla sin respaldo y un bat con clavos si
lo haces y un bat con los mismos clavos si no lo haces.
Todo en tu cabeza, en la piel.
Todo lleva a la perdición, al crecimiento del ser. A la
paranoia del disfrute que otorga la vida a quien decide aceptar la locura como
necesidad orgánica y metafísica. La locura como epistemología de la acción.
Transformar la bajada sin frenos entre tus piernas me
encontré
mango a chupadas
a un niño que conocía todo con la boca
jugando la vida con cada palabra.
De eso se trata: inyecciones de abismo para sentir
adrenalina en esta nada invadida por gusanos pálidos que no han visto la luz. Y
es que algunos dicen que se puede ver en los últimos instantes de la vida,
antes de que el cuerpo empiece a descomponerse porque muriéndose es lo que ha
estado haciendo cada día de su existencia como cuerpo antes de regresar a la
tierra y uno a uno pasan por la cabeza como salpicones de agua fría todos los
recuerdos almacenados, y es ahí cuando se sabe la verdad más cruda de uno mismo,
y sea cual sea el resultado final, ya no hay manera de cambiarlo, y cómo será
la última proyección de cine en el mundo.
Somos los perros de la locura, noche tras noche inacabable.
Aullidos a la luna lejana y gloriosa, y sin embargo alcanzada por los
fantasmas. Perros que no piensan
llevarse los colmillos a la tumba porque los dejan en la fiesta en un pezón, en
la esquina de un libro, en las llantas de un coche que va por la carretera, en
el sabor a sangre el color de unos calzones, en el olor a tierra, en una puerta
cerrada si lo que quieren es plantar un árbol y un día toparse con él y
sorprenderse de cuánto creció.
Es que somos transitorios, imágenes borrosas que el tiempo pinta
en el espacio.
Nadie entiende y ahí esta la belleza
la mujer
una ventana.
un túnel.
La vida no es estéril, pero es nada. Vamos a tirarnos de
risa en la arena y dejar que el mar juegue a la inmensidad con nuestras neuronas.
Chuy V.
Chuy V.
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