jueves, 22 de enero de 2015

Me acuerdo de la muerte




El tren ya había partido cuando llegaste sin maletas pero estás. En el vagón, con una cerveza en la mano, preguntándote si escribir sobre ella o ir por ella, escribir sobre ella o ir por ella escribir por ella o por la locura escribir sobre sus piernas y su electricidad o nadar en el cenote -Dos ojos. Pero ya es muy tarde para preguntarse ‘qué pasaría’ en el mundo de los perros.
No es jugar a los dados, es disfrutar el viaje y no atascarse con la mierda que sale del excusado sin cadena del bar de la realidad que se viste de puta y le baila a quien tenga dinero y poder es igual a lo mismo y una que otra vez se enamora y tiene una esperanza perdida a futuro. Entender el transcurrir del tiempo como una representación incesante y no querer ser actor sino perro porque la realidad es una silla sin respaldo y un bat con clavos si lo haces y un bat con los mismos clavos si no lo haces.
Todo en tu cabeza, en la piel.
Todo lleva a la perdición, al crecimiento del ser. A la paranoia del disfrute que otorga la vida a quien decide aceptar la locura como necesidad orgánica y metafísica. La locura como epistemología de la acción.  
Transformar la bajada sin frenos entre tus piernas me encontré
mango a chupadas
a un niño que conocía todo con la boca
jugando la vida con cada palabra.
De eso se trata: inyecciones de abismo para sentir adrenalina en esta nada invadida por gusanos pálidos que no han visto la luz. Y es que algunos dicen que se puede ver en los últimos instantes de la vida, antes de que el cuerpo empiece a descomponerse porque muriéndose es lo que ha estado haciendo cada día de su existencia como cuerpo antes de regresar a la tierra y uno a uno pasan por la cabeza como salpicones de agua fría todos los recuerdos almacenados, y es ahí cuando se sabe la verdad más cruda de uno mismo, y sea cual sea el resultado final, ya no hay manera de cambiarlo, y cómo será la última proyección de cine en el mundo.   
Somos los perros de la locura, noche tras noche inacabable. Aullidos a la luna lejana y gloriosa, y sin embargo alcanzada por los fantasmas.  Perros que no piensan llevarse los colmillos a la tumba porque los dejan en la fiesta en un pezón, en la esquina de un libro, en las llantas de un coche que va por la carretera, en el sabor a sangre el color de unos calzones, en el olor a tierra, en una puerta cerrada si lo que quieren es plantar un árbol y un día toparse con él y sorprenderse de cuánto creció.
Es que somos transitorios, imágenes borrosas que el tiempo pinta en el espacio.
Nadie entiende y ahí esta la belleza
la mujer
una ventana.
un túnel.
La vida no es estéril, pero es nada. Vamos a tirarnos de risa en la arena y dejar que el mar juegue a la inmensidad con nuestras neuronas.

 Chuy V.



No hay comentarios:

Publicar un comentario