sábado, 16 de junio de 2018

Pequeño relato amoroso


En aquel verano, yo comenzaba a hundirme, nuevamente, en el pozo de las drogas. Todas las mujeres que amaba estaban cogiendo con alguien más. ¿Con quién? No lo sé, y, para efectos prácticos, tampoco resulta relevante. Hacía un calor del infierno. Pronto cumpliría treinta años y detestaba mi trabajo.
Mierda todo lo que abarcaban mis ojos y mis pensamientos.
Algunas de mis mañanas libres coincidían con aquellas en las que, doña Silvia, la empleada doméstica, acudía a sus labores. Era una mujer casi anciana, rondaba los setenta años. Mientras tomaba el desayuno, manteníamos breves conversaciones. Yo hablaba acerca de mis problemas con las sustancias, en ese tono en que las personas no saben si bromeo o hablo seriamente. Doña Silvia se decantaba por la primera opción y se reía. Fue tomándome cariño.
Una mañana, al salir a la universidad, me dijo: “que te vaya bien, mi amor”, con el mismo tono en que lo hubiera dicho mi abuela muerta.
Ya en el tren, reparé en que aquellas palabras eran el más grande acontecimiento amoroso que me ocurría en mucho tiempo. La hija de puta se burla, pensé, lo sabe y se burla. Y, detrás del sonido del tren, escuché su risa y la risa del diablo.
Al día siguiente, la maldita pasó a engrosar las filas de los desempleados.

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