En aquel verano, yo comenzaba a hundirme, nuevamente,
en el pozo de las drogas. Todas las mujeres que amaba estaban cogiendo con
alguien más. ¿Con quién? No lo sé, y, para efectos prácticos, tampoco resulta
relevante. Hacía un calor del infierno. Pronto cumpliría treinta años y
detestaba mi trabajo.
Mierda todo lo que abarcaban mis ojos y mis
pensamientos.
Algunas de mis mañanas libres coincidían con aquellas
en las que, doña Silvia, la empleada doméstica, acudía a sus labores. Era una
mujer casi anciana, rondaba los setenta años. Mientras tomaba el desayuno,
manteníamos breves conversaciones. Yo hablaba acerca de mis problemas con las
sustancias, en ese tono en que las personas no saben si bromeo o hablo
seriamente. Doña Silvia se decantaba por la primera opción y se reía. Fue
tomándome cariño.
Una mañana, al salir a la universidad, me dijo: “que
te vaya bien, mi amor”, con el mismo tono en que lo hubiera dicho mi abuela
muerta.
Ya en el tren, reparé en que aquellas palabras eran el
más grande acontecimiento amoroso que me ocurría en mucho tiempo. La hija de
puta se burla, pensé, lo sabe y se burla. Y, detrás del sonido del tren,
escuché su risa y la risa del diablo.
Al día siguiente, la maldita pasó a engrosar las filas
de los desempleados.
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