Aquella
noche, Nabila durmió en mi departamento. Completamente desnuda, entregada al
sueño, respiraba cadenciosamente a mi lado. Mi brazo derecho pasaba por debajo
de su breve cintura, pero no me molestaba; el pequeño y delgado cuerpo de mi
amiga apenas superaba el metro con cincuenta. Era como si una pequeña y cálida
nube descansara sobre mi piel. Yo la miraba y repetía una y otra vez, solo
moviendo los labios: mujer pequeña de
ojos grandes, mujer pequeña de ojos grandes y grandes pestañas, cuando de
súbito se incorporó a medias, dando un grito como si despertara de una
pesadilla. La tomé por los hombros y dije su nombre hasta regresarla a la
vigilia, arrebatándola de aquello, lo que fuera, que la aterraba en sueños. Con
los ojos muy abiertos –la luz de la luna me permitía verla– y, como si retomara
la conversación de la tarde, me dijo: “La memoria es una mierda”. Dijo mi
nombre y prosiguió: “… la memoria es una herida que se alimenta a sí misma”.
Luego vino una serie de palabras. Palabras como imágenes, como golpes, como
escupitajos a la dignidad del alma. Habló de su infancia: abandonada por su
padre, ignorada por su madre; al amparo de una hermana apenas unos años mayor
que ella. Mencionó cómo, tan solo por ser bonita, muchas niñas la odiaban. La
hermana como sola fuente de amor. El intento de suicidio de la madre. Gritos de
madrugada. Policías. El asesinato de la hermana. Ni un solo sospechoso. La
decepción. El miedo al paso del tiempo. Otra vez la palabra suicidio. El
fracaso. La muerte y los cementerios. Habló de un hombre del pasado y de un
futuro incierto, y finalizó: “Mejor harías en entrenar tu olvido”. Se recostó
de nuevo y tres o cuatro lágrimas le bajaron por el rostro. La iluminó la luna.
Sentí que algo en mi pecho se desbordaba con dolor. Besé muchas veces sus
mejillas y las comisuras de sus labios, y era como besar una sal dulce, como
ascender a un abismo. Y al tiempo que la besaba le decía, muchas veces, que la
quería, que la amaba, que nunca conocí una mujer tan bonita. Y lo repetía
muchas veces. Le decía que quería cuidarla del sufrimiento. Pero, al buscar sus
ojos, me di cuenta de que mi amiga se había quedado dormida nuevamente.
No
sé si me escuchó. Ya no podré saberlo nunca.
Han
pasado algunos meses desde aquella noche. Sé que he perdido a Nabila de manera
irreversible, definitiva. Veo ahora, con mayor claridad que nunca, que el mundo
se hunde en la mierda. Ahora me doy cuenta de lo que es en verdad la memoria: una
refinada herramienta de auto tortura; un romperse la madre a uno mismo, terca y
furiosamente, una y otra vez; un obcecado recrearse en el dolor propio. En
términos evolutivos, ¿de qué nos sirve recordar la dicha perdida? Ella tenía
razón: más me hubiera valido entrenar mi olvido. Así su aroma no me asaltaría
al recorrer los parques al atardecer. Cuánto añoro su desnudez y su
conversación en las madrugadas. Pero el arma favorita de mi memoria es el
rostro que Nabila tenía aquella noche; su brillante rostro de llanto y luna. Es
como si de cada una de sus lágrimas me hubiera nacido un vicio (el alcohol, la
pornografía, la droga) que, al igual que su recuerdo, no se separa de mí un
momento. Ahora lo sé: la vida es inútil. En medio de mi alma vuela el pájaro de
la amargura. Es mi memoria el viento que sostiene sus alas.
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