sábado, 16 de junio de 2018

Nabila

Nuestra relación era extraña: amigos que recorrían museos, que comían en restaurantes baratos. Que compartían el pan y el agua y los vicios; los gustos musicales y literarios y también un desprecio hacia el mundo difícil de ocultar. Que a veces compartían la noche y los cuerpos y una misma cama. Cuando ella se ausentaba un largo tiempo (porque nada nos comprometía con el otro sino una libre voluntad), yo le decía a su regreso: Nabila, quiero entrenar mi memoria. No quiero olvidar estos días, los últimos de nuestra juventud. Ojalá pueda guardar tu aliento, íntegro, en algún cajón de mi cerebro, y el color de tu piel bajo la luz de abril en mis ojos. Y quién sabe qué cosas más hablaba, porque me sentía feliz y la quería, y a su lado tenía la impresión de que no había ya más guerra en el mundo, ni niñas violadas o niños descuartizados. Tenía la impresión de que la injusticia había desaparecido de la tierra. Por toda respuesta, Nabila apretaba mi mano y decía: “La memoria no es algo que valga la pena”. Luego sonreía y miraba hacia otra parte, finalizando así la conversación.
             Aquella noche, Nabila durmió en mi departamento. Completamente desnuda, entregada al sueño, respiraba cadenciosamente a mi lado. Mi brazo derecho pasaba por debajo de su breve cintura, pero no me molestaba; el pequeño y delgado cuerpo de mi amiga apenas superaba el metro con cincuenta. Era como si una pequeña y cálida nube descansara sobre mi piel. Yo la miraba y repetía una y otra vez, solo moviendo los labios: mujer pequeña de ojos grandes, mujer pequeña de ojos grandes y grandes pestañas, cuando de súbito se incorporó a medias, dando un grito como si despertara de una pesadilla. La tomé por los hombros y dije su nombre hasta regresarla a la vigilia, arrebatándola de aquello, lo que fuera, que la aterraba en sueños. Con los ojos muy abiertos –la luz de la luna me permitía verla– y, como si retomara la conversación de la tarde, me dijo: “La memoria es una mierda”. Dijo mi nombre y prosiguió: “… la memoria es una herida que se alimenta a sí misma”. Luego vino una serie de palabras. Palabras como imágenes, como golpes, como escupitajos a la dignidad del alma. Habló de su infancia: abandonada por su padre, ignorada por su madre; al amparo de una hermana apenas unos años mayor que ella. Mencionó cómo, tan solo por ser bonita, muchas niñas la odiaban. La hermana como sola fuente de amor. El intento de suicidio de la madre. Gritos de madrugada. Policías. El asesinato de la hermana. Ni un solo sospechoso. La decepción. El miedo al paso del tiempo. Otra vez la palabra suicidio. El fracaso. La muerte y los cementerios. Habló de un hombre del pasado y de un futuro incierto, y finalizó: “Mejor harías en entrenar tu olvido”. Se recostó de nuevo y tres o cuatro lágrimas le bajaron por el rostro. La iluminó la luna. Sentí que algo en mi pecho se desbordaba con dolor. Besé muchas veces sus mejillas y las comisuras de sus labios, y era como besar una sal dulce, como ascender a un abismo. Y al tiempo que la besaba le decía, muchas veces, que la quería, que la amaba, que nunca conocí una mujer tan bonita. Y lo repetía muchas veces. Le decía que quería cuidarla del sufrimiento. Pero, al buscar sus ojos, me di cuenta de que mi amiga se había quedado dormida nuevamente.
No sé si me escuchó. Ya no podré saberlo nunca.
Han pasado algunos meses desde aquella noche. Sé que he perdido a Nabila de manera irreversible, definitiva. Veo ahora, con mayor claridad que nunca, que el mundo se hunde en la mierda. Ahora me doy cuenta de lo que es en verdad la memoria: una refinada herramienta de auto tortura; un romperse la madre a uno mismo, terca y furiosamente, una y otra vez; un obcecado recrearse en el dolor propio. En términos evolutivos, ¿de qué nos sirve recordar la dicha perdida? Ella tenía razón: más me hubiera valido entrenar mi olvido. Así su aroma no me asaltaría al recorrer los parques al atardecer. Cuánto añoro su desnudez y su conversación en las madrugadas. Pero el arma favorita de mi memoria es el rostro que Nabila tenía aquella noche; su brillante rostro de llanto y luna. Es como si de cada una de sus lágrimas me hubiera nacido un vicio (el alcohol, la pornografía, la droga) que, al igual que su recuerdo, no se separa de mí un momento. Ahora lo sé: la vida es inútil. En medio de mi alma vuela el pájaro de la amargura. Es mi memoria el viento que sostiene sus alas.

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