Son los revolucionarios la consciencia de la
humanidad.
Cada guerrilla, cada manifestación, sea o no violenta;
cada huelga con sus respectivos discursos a las
afueras
de las grandes naves empresariales o de las
profundidades
de las minas de carbón u oro.
Incluso cada atentado (a veces genuinamente
terrorista,
otras, una muestra legítima de desesperación)
No son más que llamados, que difieren en grado de
intensidad, provenientes de aquello que podríamos
calificar como “consciencia de la especie”.
Esto en lo general.
En lo particular, cada individuo posee, dentro del
estrecho espacio de su subjetividad, una consciencia
propia,
diciéndole qué es
lo que debe hacer y cómo es que debe
hacerlo. Si la ignora aparecerá, a manera de reproche, algo
como una náusea del espíritu o malestar moral al que
damos el nombre de remordimiento. Éste es capaz de hacer
daño incluso orgánicamente: las largas noches de insomnio
son terribles para
cualquier cuerpo.
En ambos casos, seguir los dictados de la consciencia
es complicado. Esto demanda grandes cantidades de
energía corporal y enfoque de espíritu. Las más de las
veces, ni los individuos ni las naciones se hallan
dispuestos
a acatar dichos requerimientos, su pereza y miedo
suelen
hallarse, casi siempre, por encima de su voluntad.
Para suprimir el fastidio que el remordimiento implica
han ido creando, apoyándose en las más variadas
disciplinas
y técnicas, armas con las cuales cometer el asesinato
de la
consciencia. La palabra “asesinato” aquí empleada,
suele
ser en muchos casos más que una simple metáfora.
Las armas que el individuo emplea
para lograr dicho asesinato
son, entre otras:
la religión (mas no la religiosidad),
el consumo de drogas,
la consecución del placer como fin supremo,
la búsqueda del dinero,
el ejercicio desmedido en los gimnasios,
la falacia de la impotencia social,
la egolatría,
las doctrinas new
age individualistas,
el amor desmedido hacía cuatro personas;
vaya, en pocas palabras:
el hedonismo
o la pereza
o la indolencia
o el egoísmo
más absolutos.
Por su parte, la generalidad, el mundo, la humanidad o
la especie, para callar a su consciencia, que son
los revolucionarios, utiliza, entre otros, los
siguientes métodos:
la manipulación mediática,
los sótanos de la tortura,
el escarnio público,
la ridiculización,
los comandos paramilitares,
el ejército,
los granaderos,
la celda de aislamiento,
los sicarios que cobran su sueldo en gobernación,
las desapariciones forzadas,
las fosas comunes,
la tortura de los seres queridos,
la violación de las mujeres amadas,
el condicionamiento de los apoyos sociales,
la corrupción,
el ajuste de cuentas,
el descuartizamiento,
la ejemplificación sanguinaria
(piénsese en el secuestro de la madre de Lucio Cabañas
o en el asesinato de mujeres embarazadas y niños en
Acteal),
y, por encima de todo,
el cerrar de los ojos,
el mirar hacia otro lado,
el aquí no pasó nada,
la laboriosidad automatizada,
la telenovela,
el cine espectacular,
las luces brillantes,
las pantallas de los dispositivos tecnológicos.
Los animales son Uno con la naturaleza.
Las plantas son Uno con la naturaleza.
No tienen consciencia sino instinto.
Solo el hombre es uno y dos con la naturaleza.
La consciencia nace de este desgarre primordial.
Sin embargo, perderla no significa volver a la
unidad con el todo.
El hombre no puede volver al paraíso perdido,
dos querubines con espadas de fuego resguardan
la entrada de aquel edén de ríos de miel y leche.
Sin consciencia,
la humanidad no ingresará al reino de los animales.
Sin consciencia,
la humanidad no ingresará al reino de las plantas.
Ingresará al reino de lo inanimado (de lo sin alma).
Lo hombres serán autómatas.
Engranajes fácilmente permutables
de una máquina maldita.
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