El Conde miró con una nostalgia que ya le resultaba
demasiado conocida la Calzada del barrio, los latones de basura en erupción,
los papeles de las pizzas de urgencia arrastrados por el viento, el solar donde
había aprendido a jugar pelota convertido en depósito de lo inservible que
generaba el taller de mecánica de la esquina.
¿Dónde se aprende ahora a jugar pelota? Encontró la mañana hermosa y
tibia que había presentido y era agradable caminar con el sabor del café
flotando todavía en la boca, pero vio el perro muerto, con la cabeza aplastada
por el auto, que se pudría junto al contén y pensó que él siempre veía lo peor,
incluso en una mañana como aquella. Lamentó el destino de aquellos animales sin
suerte que le dolían como una injusticia que él mismo no procuraba remediar.
Hacía demasiado tiempo que no tenía un perro, desde la agónica y larga vejez de
Robin, y cumplía su promesa de no volver a encariñarse con un animal, hasta que
se decidió por la silenciosa compañía de un pez peleador, insistía en llamarlos
Rufino, era el nombre de su abuelo criador de gallos de lidia. Peces sin manías
ni personalidad definida, que a cada muerte podía sustituir por uno similar,
otra vez llamado Rufino y confinado en la misma pecera donde pasearía orgulloso
el azul impreciso de sus aletas de animal de combate. Hubiera deseado que sus
mujeres pasaran tan levemente como aquellos peces sin historia, pero las
mujeres y los perros eran terriblemente distintos a los peces, incluso los de
pelea, y para colmos con las mujeres no podía hacer las promesas
abstencionistas que mantenía con los perros. Al final, lo presentía, iba a
terminar militando en una sociedad protectora de animales callejeros y hombres
fatales con las mujeres.
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