A un transeúnte
La calle atronadora aullaba en torno
mío.
Alta, esbelta, enlutada, con un dolor
de reina
Una dama pasó, que con gesto fastuoso
Recogía, oscilantes, las vueltas de sus
velos,
Agilísima y noble, con dos piernas
marmóreas.
De súbito bebí, con crispación de loco.
Y en su mirada lívida, centro de mil
tomados,
El placer que aniquila, la miel
paralizante.
Un relámpago. Noche. Fugitiva belleza
Cuya mirada me hizo, de un golpe,
renacer.
¿Salvo en la eternidad, no he de verte
jamás?
¡En todo caso lejos, ya tarde, tal vez
nunca!
Que no sé a dónde huiste, ni sospechas
mi ruta,
¡Tú a quien hubiese amado. Oh tú, que
lo supiste!
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