martes, 25 de abril de 2017
Tiempo de perros
Yo solía volver de clase bajando la colina de Westview. Nunca llevaba libros en la mano. Aprobé mis exámenes asistiendo a las clases y adivinando las respuestas. Jamás tuve que empollar los exámenes y conseguí las calificaciones «C» de aprobado. Y mientras bajaba la colina me metí en una enorme tela de araña. Empecé a romperla y quitármela de encima mientras buscaba a la araña. Entonces la vi: era una enorme y negra hija de puta. La aplasté. Había aprendido a odiar a las arañas. Cuando fuera al infierno, me dovoraría una araña.
Durante toda mi vida en ese vecindario me había metido en telas de arañas, me habían atacado los cuervos y había vivido con mi padre. Todo era eternamente triste, sombrío y maldito. Incluso el tiempo era un tiempo de perros. O era insoportablemente cálido durante semanas o, si llovía, llovía durante cinco o seis días. El agua anegaba los jardines y penetraba en las casas. Quienquiera que fuera el que diseñó el sistema de drenaje, probablemente había sido bien pagado por su ignorancia en la materia.
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