Siempre había sido lo mismo. Si alguna
vez algo había sido distinto el hombre no podía recordarlo. Ese algo se había
borrado, junto a los días pasados, de la memoria. Siempre había sido lo mismo:
un departamento de dos recamaras, una de las cuales (mas no siempre la misma)
se hallaba vacía. Una sala-comedor-cocina. Grandes ventanas desde las cuales se
veían otros departamentos iguales al suyo. Una puerta de metal al fondo que daba
a un pequeño cuarto para lavar de unos dos metros por lado. La alarma de un
teléfono sonando una, dos veces, muy de mañana, antes de que el cielo estuviera
completamente claro. Preparar el almuerzo (huevos con jamón, con cebolla, sin
nada más), fregar los trastes, barrer y trapear el departamento, oler el aroma
a duraznos maduros proveniente de un frutero que (cosa curiosa) había estado
vacío desde hacía mucho tiempo, y salir, siendo aún muy temprano, rumbo al
trabajo.
Siempre había sido lo
mismo. Llegar de noche a un departamento obscuro y buscar con las manos, con la
memoria, el interruptor de la luz. Prepararse un café, leer por algunos
minutos, con mirada atenta, como si buscara algo, uno de los muchos libros que
se amontonaban sobre la mesa. Después afeitarse, tomar una ducha con agua fría,
salir y lavarse la boca y, tras escupir el agua, mirarse unos minutos en el
espejo: El cabello corto, aún húmedo. La mirada cansada, aburrida. Unas ojeras
profundas bajo unos ojos sin brillo, opacos. Muy despacio levantaba su brazo y
apoyaba su índice derecho contra su sien derecha (en el espejo su índice izquierdo
contra su sien izquierda) y decía en voz muy baja ¡Pum! ¡Pum! separando su dedo
de la sien tras pronunciar cada sílaba, luego sonreía un poco, pensando que la
segundo sílaba había estado de más.
Siempre había sido lo
mismo, entrar a un cuarto oscuro, desvestirse sin encender la luz, tenderse en
la cama, boca arriba, con los ojos muy abiertos en las tinieblas durante una, a
veces dos horas, hasta que el sueño los rendía. Antes de dormir sus
pensamientos orbitaban desesperados alrededor de un rostro, de una edad, de una
cabellera negra que se movía como una ola en la noche, de una risa lenta que se
derramaba sobre la tarde, de una mano
morena sobre un mantel blanco. Siempre era lo mismo.
De vez en cuando lo
visitaban mujeres inciertas, cuyos rostros vacilaban al tratar de recordarlos.
Entraban a alguna de las habitaciones y se desnudaban entre risas ruidosas que
volvían las paredes grises. Y mientras las mujeres se movían bajo su cuerpo a
un ritmo desigual, sincopado, detrás de su frente comenzaba a moverse una
cabellera que parecía una ola al anochecer y una mano morena sobre un mantel
blanco comenzaba a jugar con los cubiertos. Era entonces cuando él sentía que
la extraña fragilidad de los sueños comenzaba a poblar la realidad y tenía que
detenerse muy deprisa y correr al baño y vomitar y lavarse la cara. Más tarde
alargaba unos billetes a las mujeres inciertas que le miraban con genuino desprecio. Siempre había sido lo
mismo… Mas todo se desgasta con el tiempo y el desgaste es una especie de
cambio. Así que llegó el día en que todo comenzó a cambiar.
La alarma dejó de sonar
cada día. Cuando el hombre salía de la cama el sol ya se hallaba a la mitad del
cielo. Los huevos con jamón del desayuno se transformaron en un pedazo de pan
con café y cigarrillos. Ya no salía a trabajar, ya no había ningún trabajo. Los
libros sobre la mesa dejaron de ser consultados, ya no había nada que pudiera
encontrarse en ellos, fueron transformándose en bultos cuadrados que se cubrían
poco a poco de polvo. El hombre se gastaba el día tendido en el sofá o
caminando alrededor de la sala fumando cigarrillo tras cigarrillo.
Una tarde, mientras caminaba
en círculos por la sala, pudo ver como la luz roja del atardecer entraba muy
despacio por la ventana e iba impregnándose lentamente a las paredes. No supo
cómo y tampoco se lo cuestionó por mucho tiempo, pero a partir de esa tarde las
paredes de su departamento se volvieron de un rojo parecido a la sangre.
Por las noches seguía
mirándose al espejo: su cabello ahora estaba un poco más largo, las pequeñas
ojeras se habían convertido en dos grandes hematomas que parecían querer cubrir
el rostro completo. La distancia entre su piel y sus huesos se había anulado. Y
en sus ojos, antaño opacos, una luz comenzaba brillar, cada vez más intensa. El
hombre contemplaba absorto, por horas, de pie frente al espejo, respirando
apenas, aquella luz que cubría todo; el aburrimiento, el cansancio, la
cabellera que se movía como una marea nocturna, aquellos ojos negros que
miraban en el infinito y todo lo inefable. Y así permanecía hasta que la
presión de su índice derecho sobre su sien lo arrebataba de la contemplación.
Entonces volvía a mirarse en el espejo y decía, muy quedo, ¡pum! tan sólo una
vez, ya sin sonreír. Luego se iba a la cama. Antes de dormir, tras su frente,
la mano morena sobre el mantel blanco se había ido convirtiendo en miles de
pequeños alacranes que se devoraban los unos a los otros, incansables. Si tenía
suerte, el hombre lograba dormir un par de horas.
El aroma a duraznos
maduros del departamento se convirtió en un aroma de polvo y ropa sucia regada
por el piso.
Una tarde, muchos días
después, el hombre salió del departamento por un rato, cuando regresó sus ojos
brillaban más que nunca. Los últimos rayos del sol se filtraban por las ventanas
y el hombre se puso a mirar, sin moverse, las paredes de un rojo parecido a la
sangre. Comenzó a escuchar algo como el llanto de un niño pequeño pero que a él
le pareció una extraña y hermosa música. Comenzó a caminar por su departamento:
en el cuarto de lavado encontró una mariposa negra que voló en círculos
alrededor de él. En la habitación naranja comenzó a escuchar voces remotas que
hablaban de cosas tristes y sintió como si una mano muy pequeña le oprimiera el
corazón. En la habitación gris escuchó por unos minutos, bajo su cama, a un
sindicato de insectos que discutía acerca de la redistribución de terrenos que
habría de llevarse a cabo en días ulteriores. En el pequeño cuarto que se
interponía entre las habitaciones naranja y gris y al que nunca supo si llamar
o no estudio, comenzó a escuchar al viento correr entre una cabellera negra;
permaneció inmóvil, cerró los ojos y se vio caminando al lado de un río. Caminó
por su orilla hasta llegar a un árbol de duraznos bajo el cual escuchó que una
voz le llamaba por su nombre. Entonces la vio: aquella mujer de mirada
poderosa. El viento soplaba entre sus cabellos y al moverlos les daba el
aspecto de una marea. La mujer le sonreía, luego pasó a su lado, tan cerca de
él que pudo sentir sus cabellos rozar su cara y pudo oler el aroma cítrico de
su piel. Luego la mujer saltó al río (símbolo imperecedero del tiempo) y fue
alejándose, apenas por debajo de su superficie, junto a su corriente. Mientras
se alejaba la mujer seguía sonriéndole a través del agua. Él se acercó al río,
vio su reflejo, su rostro de nuevo adolescente. Quiso a su vez saltar al río,
saltó, pero antes de tocar el espejo del agua el mundo desapareció.
Cuando abrió los ojos
se hallaba tendido, boca abajo, en el piso de la sala. Un delgado hilo de
sangre salía de su nariz, pasaba por su barbilla, se desvanecía en su cuello. El
hombre se incorporó a medias. Había anochecido; una luz de plata impura
inundaba el departamento todo. Su cuerpo dolía, sentía náuseas y vértigo,
temblaba un poco, “necesito un baño de agua fría” pensó. Muy despacio,
titubeando, con movimientos dubitativos, logró ponerse de pie. No fue necesario
encender las luces, la plata impura brillaba en todos los rincones. Tiró sus
ropas al piso y entró al baño.
Abrió la regadera. Se
sentó desnudo sobre el piso, cerró los ojos y dejó que el agua fría se
deslizara por su cuerpo. Cuántas imágenes aparecieron tras su frente en aquel
instante: calles que había olvidado, parvadas de pájaros azules, un niño
escondido en la copa de un árbol. Una mujer de voz de seda, de cabellera
líquida, que aparecía y desaparecía, indistintamente, en el cielo o en el
interior de una biblioteca. Granadas desperdigadas sobre el pasto, un hombre de
piel verde sobre una cama rodeada de veladoras. Nubes cercanas, un grupo de
niños en lo alto de un cerro, la calle del rastro en la que la sangre de las reses
sacrificadas corría como en un arroyo. Una mujer frágil, de grandes ojos
negros, de risa sanadora y piel morena, de figura esbelta, de manos ágiles. Una
muñeca que caminaba sola por una casa antigua bajo una luz de plata impura. Una
parvada de golondrinas azules.
No se dio cuenta en que
momento el agua fría se transformó en agua hirviendo. Su piel pálida fue
adquiriendo, lentamente, tonos rosados. “Qué triste es todo, qué inútil. Qué
triste es todo, qué espeluznante” decía en voz baja, una y otra vez, sin
detenerse, sin darse cuenta. Cerró la regadera y atravesando el vapor salió del
baño.
En el espejo que había
fuera apareció el rostro desencajado, de nariz sangrante, de mirada torva y
luminosa, de un hombre con cabello aún húmedo. Pero él no pudo ver todo esto,
ya iba cayendo, sin sentido alguno de dirección, de distancia, de proporción,
en la luz brillante que salía de sus ojos. Tampoco puedo ver como su mano
derecha (en el espejo su mano izquierda) se levantaba despacio y apoyaba el
índice en la sien, ni como ésta se transformaba veloz en una pistola
automática, calibre 32, que en ese momento, bajo la luz impura, semejaba una
reliquia macabra.
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