miércoles, 22 de marzo de 2017

Metamorfosis

Siempre había sido lo mismo. Si alguna vez algo había sido distinto el hombre no podía recordarlo. Ese algo se había borrado, junto a los días pasados, de la memoria. Siempre había sido lo mismo: un departamento de dos recamaras, una de las cuales (mas no siempre la misma) se hallaba vacía. Una sala-comedor-cocina. Grandes ventanas desde las cuales se veían otros departamentos iguales al suyo. Una puerta de metal al fondo que daba a un pequeño cuarto para lavar de unos dos metros por lado. La alarma de un teléfono sonando una, dos veces, muy de mañana, antes de que el cielo estuviera completamente claro. Preparar el almuerzo (huevos con jamón, con cebolla, sin nada más), fregar los trastes, barrer y trapear el departamento, oler el aroma a duraznos maduros proveniente de un frutero que (cosa curiosa) había estado vacío desde hacía mucho tiempo, y salir, siendo aún muy temprano, rumbo al trabajo.
Siempre había sido lo mismo. Llegar de noche a un departamento obscuro y buscar con las manos, con la memoria, el interruptor de la luz. Prepararse un café, leer por algunos minutos, con mirada atenta, como si buscara algo, uno de los muchos libros que se amontonaban sobre la mesa. Después afeitarse, tomar una ducha con agua fría, salir y lavarse la boca y, tras escupir el agua, mirarse unos minutos en el espejo: El cabello corto, aún húmedo. La mirada cansada, aburrida. Unas ojeras profundas bajo unos ojos sin brillo, opacos. Muy despacio levantaba su brazo y apoyaba su índice derecho contra su sien derecha (en el espejo su índice izquierdo contra su sien izquierda) y decía en voz muy baja ¡Pum! ¡Pum! separando su dedo de la sien tras pronunciar cada sílaba, luego sonreía un poco, pensando que la segundo sílaba había estado de más.
Siempre había sido lo mismo, entrar a un cuarto oscuro, desvestirse sin encender la luz, tenderse en la cama, boca arriba, con los ojos muy abiertos en las tinieblas durante una, a veces dos horas, hasta que el sueño los rendía. Antes de dormir sus pensamientos orbitaban desesperados alrededor de un rostro, de una edad, de una cabellera negra que se movía como una ola en la noche, de una risa lenta que se derramaba sobre la tarde, de una mano morena sobre un mantel blanco. Siempre era lo mismo.
De vez en cuando lo visitaban mujeres inciertas, cuyos rostros vacilaban al tratar de recordarlos. Entraban a alguna de las habitaciones y se desnudaban entre risas ruidosas que volvían las paredes grises. Y mientras las mujeres se movían bajo su cuerpo a un ritmo desigual, sincopado, detrás de su frente comenzaba a moverse una cabellera que parecía una ola al anochecer y una mano morena sobre un mantel blanco comenzaba a jugar con los cubiertos. Era entonces cuando él sentía que la extraña fragilidad de los sueños comenzaba a poblar la realidad y tenía que detenerse muy deprisa y correr al baño y vomitar y lavarse la cara. Más tarde alargaba unos billetes a las mujeres inciertas que le miraban con  genuino desprecio. Siempre había sido lo mismo… Mas todo se desgasta con el tiempo y el desgaste es una especie de cambio. Así que llegó el día en que todo comenzó a cambiar.
La alarma dejó de sonar cada día. Cuando el hombre salía de la cama el sol ya se hallaba a la mitad del cielo. Los huevos con jamón del desayuno se transformaron en un pedazo de pan con café y cigarrillos. Ya no salía a trabajar, ya no había ningún trabajo. Los libros sobre la mesa dejaron de ser consultados, ya no había nada que pudiera encontrarse en ellos, fueron transformándose en bultos cuadrados que se cubrían poco a poco de polvo. El hombre se gastaba el día tendido en el sofá o caminando alrededor de la sala fumando cigarrillo tras cigarrillo.
Una tarde, mientras caminaba en círculos por la sala, pudo ver como la luz roja del atardecer entraba muy despacio por la ventana e iba impregnándose lentamente a las paredes. No supo cómo y tampoco se lo cuestionó por mucho tiempo, pero a partir de esa tarde las paredes de su departamento se volvieron de un rojo parecido a la sangre.
Por las noches seguía mirándose al espejo: su cabello ahora estaba un poco más largo, las pequeñas ojeras se habían convertido en dos grandes hematomas que parecían querer cubrir el rostro completo. La distancia entre su piel y sus huesos se había anulado. Y en sus ojos, antaño opacos, una luz comenzaba brillar, cada vez más intensa. El hombre contemplaba absorto, por horas, de pie frente al espejo, respirando apenas, aquella luz que cubría todo; el aburrimiento, el cansancio, la cabellera que se movía como una marea nocturna, aquellos ojos negros que miraban en el infinito y todo lo inefable. Y así permanecía hasta que la presión de su índice derecho sobre su sien lo arrebataba de la contemplación. Entonces volvía a mirarse en el espejo y decía, muy quedo, ¡pum! tan sólo una vez, ya sin sonreír. Luego se iba a la cama. Antes de dormir, tras su frente, la mano morena sobre el mantel blanco se había ido convirtiendo en miles de pequeños alacranes que se devoraban los unos a los otros, incansables. Si tenía suerte, el hombre lograba dormir un par de horas.
El aroma a duraznos maduros del departamento se convirtió en un aroma de polvo y ropa sucia regada por el piso.
Una tarde, muchos días después, el hombre salió del departamento por un rato, cuando regresó sus ojos brillaban más que nunca. Los últimos rayos del sol se filtraban por las ventanas y el hombre se puso a mirar, sin moverse, las paredes de un rojo parecido a la sangre. Comenzó a escuchar algo como el llanto de un niño pequeño pero que a él le pareció una extraña y hermosa música. Comenzó a caminar por su departamento: en el cuarto de lavado encontró una mariposa negra que voló en círculos alrededor de él. En la habitación naranja comenzó a escuchar voces remotas que hablaban de cosas tristes y sintió como si una mano muy pequeña le oprimiera el corazón. En la habitación gris escuchó por unos minutos, bajo su cama, a un sindicato de insectos que discutía acerca de la redistribución de terrenos que habría de llevarse a cabo en días ulteriores. En el pequeño cuarto que se interponía entre las habitaciones naranja y gris y al que nunca supo si llamar o no estudio, comenzó a escuchar al viento correr entre una cabellera negra; permaneció inmóvil, cerró los ojos y se vio caminando al lado de un río. Caminó por su orilla hasta llegar a un árbol de duraznos bajo el cual escuchó que una voz le llamaba por su nombre. Entonces la vio: aquella mujer de mirada poderosa. El viento soplaba entre sus cabellos y al moverlos les daba el aspecto de una marea. La mujer le sonreía, luego pasó a su lado, tan cerca de él que pudo sentir sus cabellos rozar su cara y pudo oler el aroma cítrico de su piel. Luego la mujer saltó al río (símbolo imperecedero del tiempo) y fue alejándose, apenas por debajo de su superficie, junto a su corriente. Mientras se alejaba la mujer seguía sonriéndole a través del agua. Él se acercó al río, vio su reflejo, su rostro de nuevo adolescente. Quiso a su vez saltar al río, saltó, pero antes de tocar el espejo del agua el mundo desapareció.
Cuando abrió los ojos se hallaba tendido, boca abajo, en el piso de la sala. Un delgado hilo de sangre salía de su nariz, pasaba por su barbilla, se desvanecía en su cuello. El hombre se incorporó a medias. Había anochecido; una luz de plata impura inundaba el departamento todo. Su cuerpo dolía, sentía náuseas y vértigo, temblaba un poco, “necesito un baño de agua fría” pensó. Muy despacio, titubeando, con movimientos dubitativos, logró ponerse de pie. No fue necesario encender las luces, la plata impura brillaba en todos los rincones. Tiró sus ropas al piso y entró al baño.
Abrió la regadera. Se sentó desnudo sobre el piso, cerró los ojos y dejó que el agua fría se deslizara por su cuerpo. Cuántas imágenes aparecieron tras su frente en aquel instante: calles que había olvidado, parvadas de pájaros azules, un niño escondido en la copa de un árbol. Una mujer de voz de seda, de cabellera líquida, que aparecía y desaparecía, indistintamente, en el cielo o en el interior de una biblioteca. Granadas desperdigadas sobre el pasto, un hombre de piel verde sobre una cama rodeada de veladoras. Nubes cercanas, un grupo de niños en lo alto de un cerro, la calle del rastro en la que la sangre de las reses sacrificadas corría como en un arroyo. Una mujer frágil, de grandes ojos negros, de risa sanadora y piel morena, de figura esbelta, de manos ágiles. Una muñeca que caminaba sola por una casa antigua bajo una luz de plata impura. Una parvada de golondrinas azules.
No se dio cuenta en que momento el agua fría se transformó en agua hirviendo. Su piel pálida fue adquiriendo, lentamente, tonos rosados. “Qué triste es todo, qué inútil. Qué triste es todo, qué espeluznante” decía en voz baja, una y otra vez, sin detenerse, sin darse cuenta. Cerró la regadera y atravesando el vapor salió del baño.
En el espejo que había fuera apareció el rostro desencajado, de nariz sangrante, de mirada torva y luminosa, de un hombre con cabello aún húmedo. Pero él no pudo ver todo esto, ya iba cayendo, sin sentido alguno de dirección, de distancia, de proporción, en la luz brillante que salía de sus ojos. Tampoco puedo ver como su mano derecha (en el espejo su mano izquierda) se levantaba despacio y apoyaba el índice en la sien, ni como ésta se transformaba veloz en una pistola automática, calibre 32, que en ese momento, bajo la luz impura, semejaba una reliquia macabra.

Los labios del rostro en el espejo comenzaron a abrirse, como si fueran a emitir algún sonido, pero un estallido inmenso se adelantó. La imagen que reflejaba el espejo se convirtió en una materia roja y fragmentada con movimiento.

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