(...)
'Después, cuando hayas
pasado más horas y más noches, muchas más, enterrando bajo equis y emes o
grandes cruces inclinadas todo lo que creíste que sería pero resultó que no
era, cuando de la emoción y la zozobra iniciales hayas pasado a la tarea
desganada, casi como ir a la oficina, a rehacer cada día lo escrito, empleado
de tu libro, peón de la literatura, a horario fijo, cuando hayas roto muchas
muchas páginas, prácticamente todas, llenas o casi intactas, y te quede sólo un
perfil de idea, alguna frase que lograste derrotar, el trocito de diálogo, y te
consueles diciéndote que estos días has tenido mucho trabajo, estás un poco
fatigado, te duele la cabeza, no te sale nada (No se deja decir mi novela,
decía Gálvez), que ya pasará, que ya has atravesado antes temporadas de indignante
esterilidad ¿o impotencia?, no tendrás ganas de ir a tu casa a escribir, irás
al café, buscarás a los amigos que te reprochan haberlos echado al basurero del
olvido, comprobarás que existes luego de escribir, que es Lo Que Queríamos
Demostrar hace algunas páginas. (Llamó a Rosana. Ahora soy yo la que no puede,
dijo ella, claro que no soy inteligente como tú, yo no soy escritora, una tonta
es lo que soy para quererte así, sino que regresa de la hacienda esta noche. Y él
dijo simplemente: Carajo. Contra ella, contra el Cretino, contra la vida,
porque de qué mierda sirve la literatura y en caso de que sirviera para algo
siempre se puede escribir pero no siempre se puede acostar uno con una mujer
casada, y para entonces aun no tenían la habitación de Desiderio.) Y tú, que te
quejabas de la falta de tiempo, de las ocupaciones burocráticas que te roban el
día, de las democráticas que te ocupan las noches, de las domésticas que te hacen perder la tarde en comprarte una
rodaja de jamón o papel para el excusado, y de los compromisos cordiales o
aburridos que no te dejaban comenzar o avanzar, ahora tienes tiempo (El Cretino
se quedará aquí por lo menos un mes por las fiestas, dijo ella), pero estás
harto de ese destierro tuyo y no tienes ganas de escribir (“Digo que no tengo nada
que decir. ¿Y sin embargo? ¿Qué? También hacemos el amor cuando no amamos”.
Galo Gálvez), tal vez porque ahora tienes tiempo. Pero como tampoco tienes
ganas de nada vuelves a tu vicio, ya casi por costumbre, aunque todo está ya dicho,
eso se sabe: tal vez allí comienza ese aburrimiento que desde hace mucho te
causan los libros, como si todos estuvieran llenos de la futilidad y la
repetición de la realidad, de la ficción política o científica, e incluso de la
antificción. Ya no basta escribir bien –se supone que todo escritor honesto
debe escribir bien-, ya no son suficientes las ideas –todas han sido ya dichas
por los otros- ni las situaciones -todas han sucedido ya- ni las invenciones de
lenguajes que se están volviendo tan aburridas como el lenguaje mismo. Pero esa
necesidad de arte del hombre que canta bajo la ducha o cuelga en la pared un
calendario con “indios” italianos semidesnudos, en ti es necesidad de creación
de arte, de investigar algo que no había hasta el momento y que no existiría
como tal si tú no lo hicieras. Necesidad de crear: no la gran obra, basta ya de
grandes obras, hay demasiadas, sino eso
que te falta para sentirte fugazmente completo y que sólo tú puedes hacerlo:
Dios en los primeros seis días. Cuando amabas* no te bastaban tus propias
palabras y ni siquiera las letras de mano de la caricia ni toda la poesía de
amor des el Cantar de los Cantares hasta los Poèmes
a Lou, porque no eres Salomón ni Apollinaire, sino tu pobre tú con tu amor
que te dejó lisiado, y al mundo y a ti les faltaba eso que tú ibas a darles a
ella y a ti y, si hubieras sido realmente creador, al mundo. Pero en el séptimo
día, es decir mañana o esta misma noche, cuando seas tu primer púbico y tú el
primer sorprendido, comprenderás que no era eso, por mucho que te hubiera
desgarrado decir lo que querías decir, y que otra vez todo vuelve a seguir incompleto,
cada vez para siempre. O sea que, burgués y todo, tu territorio es la aventura,
la tierra no descubierta todavía y que no imaginas cómo será. Sabes, eso sí, lo
que no será. No será, por ejemplo, el libro que te desvelaba en la
adolescencia, ese libro no existirá jamás. Entonces querías ser escritor, ahora
tienes la condena de escribir: no la escogiste pero nadie te la impuso tampoco,
de modo que no sirve de nada adoptar esa actitud de víctima: los otros también
tienen sus problemas. Entonces querías escribir una obra definitiva, como las
esculturas colosales de la Isla de Pascua o un megalito o, por lo menos, un
libro importante, o menos aún, una contribución a la literatura, aun cuando
fuera sólo la de tu país; ahora te interesan los obstáculos y el gozo del
camino, no la estación de llegada. Entonces, ante la comprobación de la
incapacidad te decías Será después, me hace falta experiencia, tengo la vida
por delante. Ahora tienes la vida por detrás, encaneces, aumenta tu miopía, te
fatigan las escaleras, tienes menos resistencia a la malanoche, debes privarte
del café o beber esa porquería de café sin cafeína, no fumar o preferir los
cigarrillos con filtro (con preservativo, decía Falcón de Aláquez), ¿también
mujeres sin?, y comer comidas livianas y seguir durante el resto de tu vida
transportando una farmacia en tus bolsillos: el Sintrom como anticoagulante, el
Nitro (Mack) Retard y el Pentrium (alternadamente) dos veces al día para la
dilatación de la coronaria, el Natirose para los dolores del pecho, aparte del
consabido Doliprane para las migrañas y neuralgias, y todavía hay quien te
pregunta por qué en lugar de dedicarte a la literatura, aun en el caso de que
con ella combatas las estructuras podridas de tu país, no estás en la
guerrilla, que tampoco existe en tu país, y en el fondo de tu corazoncito
tienes la certeza informe de que deberías apresurarte, de que no tienes tiempo
para permitirte perder el tiempo, como si no hubieras vivido, escrito otros
libros, aguantando la perrada del destino, sino para escribir este
libro, y hay otro síntoma más grave de vejez: el temor a equivocarte, el
cuestionar cada idea –palabra o frase-, todos los recursos técnicos, todas las
concepciones estéticas, y hasta tu propia crítica a priori que a menudo te
impide crear. Así como pasados los treinta años cada uno tiene la cara que
merece, a tu edad ya se tendría que poder escribir como se debe, aunque no
sepas muy bien cómo. Además, escribir este libro es como ir al dentista, no
sólo porque lo llevas hace tiempo como
si tuvieras malas todas las muelas del alma, sino porque sabes que lo comienzas
ahora como un tratamiento pero no cuándo irás a terminarlo y nada te garantiza
que lo termines: a] porque puedes tener
otro infarto, más serio, puesto que a veces el cigarrillo te es tan necesario
como las palabras; b] porque también es
posible que un día, aun sin fumar, decidas dar un portazo al libro y mandarlo
al carajo, con autor y todo. El problema está en que no eres Malraux, o sea que
no tienes la manía de creerte útil como héroe o como Ministro de tu país o a la
humanidad, porque la humanidad y tu país prescinden muy bien de todos y de ti
en especial, y tienes que buscarte otras amarras para no cerrar el grifo de
vida que volvieron a abrir tus pastillas. En un antes muy lejano solías decir
que uno no puede matarse antes de morir y no ver la caída del Imperio, y no
volver a escuchar jamás a Monteverdi o a San Sebastián Bach, a Bartok o a Count
Basie, e imaginabas el infernal cielo cristiano con angelitos culidesnudos
tocando la lira y el rondín (Ecuat. = armónica)
durante toda la eternidad, así quién va a querer ir, y no volver a ver las
ciudades a las cinco de la tarde, las muchachas de calcetines blancos con sus
faldas cada vez más cortas sobre el muslo mordible; ahora te has inventado este
libro como ancla, no como pretexto o plazo: la prueba está en que en cualquier
instante podrás levarla y copiar, caballeramente, la frase del heroico español
de otra época pero también condenado a muerte: “Y aquí termino para que no se
crea que prolongo la carta por alargar la vida.” Por eso vuelves a tus
renglones, perramente: la soga no da para alejarse mucho.'
(…)
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