miércoles, 8 de marzo de 2017

Jorge Enrique A.

(...)

'Después, cuando hayas pasado más horas y más noches, muchas más, enterrando bajo equis y emes o grandes cruces inclinadas todo lo que creíste que sería pero resultó que no era, cuando de la emoción y la zozobra iniciales hayas pasado a la tarea desganada, casi como ir a la oficina, a rehacer cada día lo escrito, empleado de tu libro, peón de la literatura, a horario fijo, cuando hayas roto muchas muchas páginas, prácticamente todas, llenas o casi intactas, y te quede sólo un perfil de idea, alguna frase que lograste derrotar, el trocito de diálogo, y te consueles diciéndote que estos días has tenido mucho trabajo, estás un poco fatigado, te duele la cabeza, no te sale nada (No se deja decir mi novela, decía Gálvez), que ya pasará, que ya has atravesado antes temporadas de indignante esterilidad ¿o impotencia?, no tendrás ganas de ir a tu casa a escribir, irás al café, buscarás a los amigos que te reprochan haberlos echado al basurero del olvido, comprobarás que existes luego de escribir, que es Lo Que Queríamos Demostrar hace algunas páginas. (Llamó a Rosana. Ahora soy yo la que no puede, dijo ella, claro que no soy inteligente como tú, yo no soy escritora, una tonta es lo que soy para quererte así, sino que regresa de la hacienda esta noche. Y él dijo simplemente: Carajo. Contra ella, contra el Cretino, contra la vida, porque de qué mierda sirve la literatura y en caso de que sirviera para algo siempre se puede escribir pero no siempre se puede acostar uno con una mujer casada, y para entonces aun no tenían la habitación de Desiderio.) Y tú, que te quejabas de la falta de tiempo, de las ocupaciones burocráticas que te roban el día, de las democráticas que te ocupan las noches, de las domésticas  que te hacen perder la tarde en comprarte una rodaja de jamón o papel para el excusado, y de los compromisos cordiales o aburridos que no te dejaban comenzar o avanzar, ahora tienes tiempo (El Cretino se quedará aquí por lo menos un mes por las fiestas, dijo ella), pero estás harto de ese destierro tuyo y no tienes ganas de escribir (“Digo que no tengo nada que decir. ¿Y sin embargo? ¿Qué? También hacemos el amor cuando no amamos”. Galo Gálvez), tal vez porque ahora tienes tiempo. Pero como tampoco tienes ganas de nada vuelves a tu vicio, ya casi por costumbre, aunque todo está ya dicho, eso se sabe: tal vez allí comienza ese aburrimiento que desde hace mucho te causan los libros, como si todos estuvieran llenos de la futilidad y la repetición de la realidad, de la ficción política o científica, e incluso de la antificción. Ya no basta escribir bien –se supone que todo escritor honesto debe escribir bien-, ya no son suficientes las ideas –todas han sido ya dichas por los otros- ni las situaciones -todas han sucedido ya- ni las invenciones de lenguajes que se están volviendo tan aburridas como el lenguaje mismo. Pero esa necesidad de arte del hombre que canta bajo la ducha o cuelga en la pared un calendario con “indios” italianos semidesnudos, en ti es necesidad de creación de arte, de investigar algo que no había hasta el momento y que no existiría como tal si tú no lo hicieras. Necesidad de crear: no la gran obra, basta ya de grandes obras, hay demasiadas, sino eso que te falta para sentirte fugazmente completo y que sólo tú puedes hacerlo: Dios en los primeros seis días. Cuando amabas* no te bastaban tus propias palabras y ni siquiera las letras de mano de la caricia ni toda la poesía de amor des el Cantar de los Cantares hasta  los Poèmes a Lou, porque no eres Salomón ni Apollinaire, sino tu pobre tú con tu amor que te dejó lisiado, y al mundo y a ti les faltaba eso que tú ibas a darles a ella y a ti y, si hubieras sido realmente creador, al mundo. Pero en el séptimo día, es decir mañana o esta misma noche, cuando seas tu primer púbico y tú el primer sorprendido, comprenderás que no era eso, por mucho que te hubiera desgarrado decir lo que querías decir, y que otra vez todo vuelve a seguir incompleto, cada vez para siempre. O sea que, burgués y todo, tu territorio es la aventura, la tierra no descubierta todavía y que no imaginas cómo será. Sabes, eso sí, lo que no será. No será, por ejemplo, el libro que te desvelaba en la adolescencia, ese libro no existirá jamás. Entonces querías ser escritor, ahora tienes la condena de escribir: no la escogiste pero nadie te la impuso tampoco, de modo que no sirve de nada adoptar esa actitud de víctima: los otros también tienen sus problemas. Entonces querías escribir una obra definitiva, como las esculturas colosales de la Isla de Pascua o un megalito o, por lo menos, un libro importante, o menos aún, una contribución a la literatura, aun cuando fuera sólo la de tu país; ahora te interesan los obstáculos y el gozo del camino, no la estación de llegada. Entonces, ante la comprobación de la incapacidad te decías Será después, me hace falta experiencia, tengo la vida por delante. Ahora tienes la vida por detrás, encaneces, aumenta tu miopía, te fatigan las escaleras, tienes menos resistencia a la malanoche, debes privarte del café o beber esa porquería de café sin cafeína, no fumar o preferir los cigarrillos con filtro (con preservativo, decía Falcón de Aláquez), ¿también mujeres sin?, y comer comidas livianas y seguir durante el resto de tu vida transportando una farmacia en tus bolsillos: el Sintrom como anticoagulante, el Nitro (Mack) Retard y el Pentrium (alternadamente) dos veces al día para la dilatación de la coronaria, el Natirose para los dolores del pecho, aparte del consabido Doliprane para las migrañas y neuralgias, y todavía hay quien te pregunta por qué en lugar de dedicarte a la literatura, aun en el caso de que con ella combatas las estructuras podridas de tu país, no estás en la guerrilla, que tampoco existe en tu país, y en el fondo de tu corazoncito tienes la certeza informe de que deberías apresurarte, de que no tienes tiempo para permitirte perder el tiempo, como si no hubieras vivido, escrito otros libros, aguantando la perrada del destino, sino para escribir este libro, y hay otro síntoma más grave de vejez: el temor a equivocarte, el cuestionar cada idea –palabra o frase-, todos los recursos técnicos, todas las concepciones estéticas, y hasta tu propia crítica a priori que a menudo te impide crear. Así como pasados los treinta años cada uno tiene la cara que merece, a tu edad ya se tendría que poder escribir como se debe, aunque no sepas muy bien cómo. Además, escribir este libro es como ir al dentista, no sólo porque lo llevas  hace tiempo como si tuvieras malas todas las muelas del alma, sino porque sabes que lo comienzas ahora como un tratamiento pero no cuándo irás a terminarlo y nada te garantiza que lo termines:  a] porque puedes tener otro infarto, más serio, puesto que a veces el cigarrillo te es tan necesario como las palabras;  b] porque también es posible que un día, aun sin fumar, decidas dar un portazo al libro y mandarlo al carajo, con autor y todo. El problema está en que no eres Malraux, o sea que no tienes la manía de creerte útil como héroe o como Ministro de tu país o a la humanidad, porque la humanidad y tu país prescinden muy bien de todos y de ti en especial, y tienes que buscarte otras amarras para no cerrar el grifo de vida que volvieron a abrir tus pastillas. En un antes muy lejano solías decir que uno no puede matarse antes de morir y no ver la caída del Imperio, y no volver a escuchar jamás a Monteverdi o a San Sebastián Bach, a Bartok o a Count Basie, e imaginabas el infernal cielo cristiano con angelitos culidesnudos tocando la lira y el rondín (Ecuat. = armónica) durante toda la eternidad, así quién va a querer ir, y no volver a ver las ciudades a las cinco de la tarde, las muchachas de calcetines blancos con sus faldas cada vez más cortas sobre el muslo mordible; ahora te has inventado este libro como ancla, no como pretexto o plazo: la prueba está en que en cualquier instante podrás levarla y copiar, caballeramente, la frase del heroico español de otra época pero también condenado a muerte: “Y aquí termino para que no se crea que prolongo la carta por alargar la vida.” Por eso vuelves a tus renglones, perramente: la soga no da para alejarse mucho.'


(…)

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