Si no te vuelvo
a ver.
Si no te
conozco.
Si me muero sin
ver tus blancas olas
ni pisar tu
blanda arena.
Si mis ojos no
han de ver
la curvatura
azul de tus horizontes,
ni mis labios
conocer
el beso de sal
de tus labios.
Será como no
haber amado nunca:
amar, amar.
Te pareces tanto
a la palabra amor
que sospecho
nació de tu sonido, Mar, de tus mareas.
Hay tardes en
que, de tanto pensarte, te
me sales por los
ojos, como una materia
nacida de tanta
y tanta añoranza.
Pero no puedo
verte y es triste.
En fin, si me
muero y no te conozco;
mi alma estará
enferma, aún más enferma.
Búscame en el
lugar al que me envíe la muerte.
Ya sea detrás
del cielo o en los vientres
de los gusanos.
Ya sea en las
corrientes del viento
o en las riberas
del río sin memoria.
Encuéntrame,
Señora, Madre primera, Espejo del cielo.
Mujer de los
corales y de las medusas,
de los atunes y
de las perlas de los ahogados;
y llévame
contigo, y guárdame en tu reino,
mil, dos mil
años.
No sé por qué
pienso en ti
cada vez que veo
la luna.
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