Cuando las aves
posadas en la parte más alta de los departamentos vuelan,
dejan pegadas
sus sombras a las paredes altas. Y éstas, las sombras,
desgarradas del
cuerpo que las parió imponiendo su firmeza a la luz,
se alejan rápido
en otra dirección.
Presenciamos
entonces, sin duda, un fugaz y súbito milagro.
Sólo aquello que
vuela no lleva su sombra pegada a las patas.
El aire es
arrogante, y no permite que algo que la luz rechaza
se derrame sobre
sus transparentes tierras.
Es entonces
cuando esos pequeños, obscuros y misteriosos seres que son
las sombras
(huérfanas espontáneas, ingenuamente fotofóbicas) que la luz desdeña,
se ven obligadas
a buscar una nueva patria,
una nueva tierra
donde hundir sus raíces. Emprenden esta búsqueda,
ya para siempre lejos
de su madre que se alejó volando
con una
garrapata, hundiéndose en su cerebro, que ignoraba.
Las sombras se
van a recorrer todos los caminos,
y por momentos
descansan sobre las piedras
o sobre las
hojas que se van cayendo.
A veces tratan
incluso, genuinamente, de quedarse a vivir para siempre
sobre las aguas
de los ríos. Pero es inútil,
Nada les gusta
más que el corazón del hombre;
saben que no hay
mejor tierra para hundir sus raíces
o para ponerse a
parir sus propias sombras.
Es por eso que a
veces, muy de mañana, o muy de noche
(noche, océano
místico donde las sombras llueven),
o cuando hacemos
el amor, nos parece escuchar un aleteo muy cerca
del oído, y
volvemos la mirada ansiosa en busca del ave intrusa
que, es seguro,
no encontraremos.
Es porque
tenemos el corazón lleno de alas inquietas, incapaces
de remontar el cielo.
Las garrapatas
terminan por arrebatar la vida a la madre de las sombras.
Tenemos el
corazón lleno de sombras de aves muertas.
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