lunes, 4 de abril de 2016

Sobre las sombras de las aves

Cuando las aves posadas en la parte más alta de los departamentos vuelan,
dejan pegadas sus sombras a las paredes altas. Y éstas, las sombras,
desgarradas del cuerpo que las parió imponiendo su firmeza a la luz,
se alejan rápido en otra dirección.
Presenciamos entonces, sin duda, un fugaz y súbito milagro.

Sólo aquello que vuela no lleva su sombra pegada a las patas.
El aire es arrogante, y no permite que algo que la luz rechaza
se derrame sobre sus transparentes tierras.

Es entonces cuando esos pequeños, obscuros y misteriosos seres que son
las sombras (huérfanas espontáneas, ingenuamente fotofóbicas) que la luz desdeña,
se ven obligadas a buscar una nueva patria,
una nueva tierra donde hundir sus raíces. Emprenden esta búsqueda,
ya para siempre lejos de su madre que se alejó volando
con una garrapata, hundiéndose en su cerebro, que ignoraba.

Las sombras se van a recorrer todos los caminos,
y por momentos descansan sobre las piedras
o sobre las hojas que se van cayendo.
A veces tratan incluso, genuinamente, de quedarse a vivir para siempre
sobre las aguas de los ríos. Pero es inútil,
Nada les gusta más que el corazón del hombre;
saben que no hay mejor tierra para hundir sus raíces
o para ponerse a parir sus propias sombras.

Es por eso que a veces, muy de mañana, o muy de noche
(noche, océano místico donde las sombras llueven),
o cuando hacemos el amor, nos parece escuchar un aleteo muy cerca
del oído, y volvemos la mirada ansiosa en busca del ave intrusa
que, es seguro, no encontraremos.
Es porque tenemos el corazón lleno de alas inquietas, incapaces 
de remontar el cielo.

Las garrapatas terminan por arrebatar la vida a la madre de las sombras.
Tenemos el corazón lleno de sombras de aves muertas.

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