lunes, 11 de enero de 2016

XXV. Tercera anécdota de Aniridia

Abrí los ojos sobre el rostro de la virgen que está pegada en la pared. Me vi a mí misma sobre la cama y las lágrimas me llenaron de sal los labios. Qué fea luzco cuando duermo. Por mi rostro, pareciera que sueño todos los pecados, cuando lo único que sueño es arena y arena y nada más que arena. Cuando lo único que sueño, lo juro, son mesas y ventanas, y a veces, pero las menos; niñas sentadas solas en estacionamientos. Qué hermoso luce todo lo que me rodea cuando duermo: las moscas y los roperos; el espejo que refleja el rostro de la virgen que está pegada en la pared; el vómito y los calcetines. La sal en los labios me despertó. Entonces caminé, trastabillando, a través del pasillo. Todos los mosaicos estaban salpicados por pequeñas gotas de sangre.

Cuando llegué a la cocina encontré a mi madre tejiendo con sus agujas de oro, y mi padre, que leía el periódico, me dijo: “hace un momento dios pasó por la calle, ¿no ves cómo un finísimo polvo llueve desde el cielo?”; pero al asomarme por el cristal sólo vi cáscaras de mandarinas y pequeñas Leticias que crecían moradas entre el empedrado. Mi madre me dijo: “no hay nada para comer ¿qué no ves, Aniridia, que somos pobres? ¿No ves cómo las piernas de tu padre siguen pudriéndose y no compramos medicina? ¿No ves cómo el politetrafluoroetileno ha desaparecido de las cacerolas? Cuando termine de tejer este suéter lo usarás para abrigar tu hambre”. Entonces me puse una falda del color del humo que se ha separado muchos metros de la tierra, amarré mi cabello con una liga plateada, y salí de la casa.

El aire de la calle era frío (Ya verá mi madre que no soy ninguna pobretona. Ya verá la manera en que polarizo todos los destellos. Ya verá cómo ocluyo todas las puertas del espanto), y todas las piedras del empedrado estaban salpicadas por pequeñas gotas de miel que pasarían desapercibidas a los ojos desatentos. Al doblar la calle encontré a Idolina con las piernas abiertas al placer: “¡hay que desnudar a la lujuria de todos los pensamientos que la deforman!” “¡el amor sentimental es una moda de las convenciones!”, gritaba, y se retorcía como una serpiente con una pica clavada en el lomo. Babeaba como una perra con rabia: “¡la lujuria es anterior al lenguaje” “¡de la lujuria nacen las formas y las grandes hazañas!”, gritaba y el cuerpo se le llenaba de espasmos. Al final se puso de pie, me dio tres caramelos que sembré en la huerta donde entierro mis pianos abandonados, y me pidió que no dijera nada a sus padres. Le prometí no hacerlo y me alejé despacio.

Al llegar a la preparatoria, Isaura me abordó con palabras lisonjeras: “Aniridia, iridiscencia, indisciplinada multiplicidad de la materia. Cuando te vas  lejos los tréboles inician a marchitarse, y los corazones son cobijados por las viudas negras. Cuando te vas lejos se llenan de pasos todas la azoteas, y todas las puertas son arañadas desde fuera”. Luego, aprovechándose de la dulzura de mi alma, me tomó por la mano y me llevó a un lugar oculto detrás de la biblioteca. Comenzó a pasar sus impuras manos por todo mi cuerpo, y yo la dejaba ser, porque la veía triste y era mi voluntad darle placer que obnubilara su tristeza. Se detenía en mis pezones y en la firme y pequeña redondez de mis senos. Deslizaba sus manos por debajo de mi falda y acariciaba mi sexo apenas húmedo, y yo la dejaba ser, porque la veía jadeante, genuina, infinitamente lejos de todo pensamiento. Además, me sentía feliz porque para entonces ya escuchaba el relincho de los caballos; pero cuando quiso depositar su saliva en mi saliva, le dije: “No. ¿Crees, acaso, que no me doy cuenta de cómo tu saliva huele a reptiles muertos? ¿Crees, acaso, que no siento nauseas de sentir el sapo de tu lengua? ¿Crees, acaso, que quiero que tu saliva se vuelva una substancia homogénea con la mía?

Isaura me miró, unos segundos, sorprendida. Luego aumentó su tamaño, empezó a brillar, y de su espalda salieron dos grandes alas de ángel. Me dijo: “Aniridia, todo este tiempo he cuidado de ti ¿Crees, acaso, que no te busca el señor de los mosaicos? ¿Crees, acaso, que no se confabula contra ti en las antípodas? ¿No sabes, acaso, que la muerte anda preguntando por ti a cada puerta? Si no desgarro tu vida como pago de esta ofensa, es porque te amo. Porque te amo más que a mi creador; porque te amo más que a la ventana de mi habitación en el cielo; más que a la respiración de mis hijos. Ahora dejaré a tu destino conocerte. Escucha este último consejo: sospecha de los salvajes caballos blancos que ya se acercan”. Y se elevó de inmediato con dirección al cielo.

En efecto, pude ver como de todos los cerros, de todas las montañas, comenzaban a bajar decenas de miles de salvajes caballos blancos. Destruían todo en su camino: los automóviles, los edificios, las cabezas de los niños. Relinchaban llenos de vida y de violencia, el vapor se desprendía de sus pieles. Iban envestidos de la belleza misma. Pude ver las piernas podridas de mi padre destriparse entre las vigorosas patas de los animales. Cuando estuvieron delante de mí se detuvieron, y el más hermoso de todos ellos se acercó a mí e inclinó el lomo como pidiéndome que lo montara. Así lo hice; y corrimos sobre los mares y las montañas, sobre los túneles y los aeropuertos, sobre los bosques y las carnicerías. Recuerdo muy bien cómo reía, cómo lanzaba  carcajadas sonoras, cómo mi piel vibraba en éxtasis, mientras descendía, con mi ejército de salvajes caballos blancos, al abismo.

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