lunes, 11 de enero de 2016

XXII. Segunda anécdota de Aniridia

Yo, sin cuerpo, me ocultaba en los árboles para verla danzar sobre su infancia:

Jamás antes vi manos más parecidas a palomas
Ni ojos más parecidos a soles o a atrayentes abismos

Cuando pase el tiempo pediré a Dios un cuerpo con el cual tocarte

Jamás antes vi la espuma del mar usarse como atavío
Risa de hojarasca Abundancia de libélulas a la mitad del cielo

Cuando nazca, y crezca, y pueda olerte, no buscaré aire más puro

Yo soy aquel que flota en el tiempo, con los ojos cerrados, cuando ella salta en su corriente

Camino encorvado recogiendo los milagros nacidos de su sombra
Y los ángeles me miran coléricos por culpa de mi deseo prematuro

¿Hasta cuándo la tibieza de tu saliva y el peso de tu carne?

Yo soy aquel que canta a su sangre a la orilla de sus venas

Aniridia, desnuda eres bella como la belleza
Desnuda eres bella como la sombra de las alas sobre los ríos

¿Hasta cuándo tu mirada perdida y el peso de tus labios?

Aniridia, cuando duermo pronuncio tu nombre con palabras mudas

Cuando entras a la escuela todos los salones guardan silencio
Y el árbol sacude sus hojas llenas de viento y se ríe

Es como si este sudor tuyo hubiera llovido desde el cielo

Aniridia, he perdido peso y comienzo a no ver este paisaje

Todo es tan cálido, tan sin palabras, tan lleno de dolor
La noche se refugia dentro de mis párpados, el silencio, en mis oídos

Es como si este frágil llanto te llamara a través del cielo

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