Se
llamaba Luis y fue mi compañero por algún tiempo en la secundaria, después no
volví a saber de él, hasta el día de hoy que me ha llegado la noticia de su
muerte.
Lo recuerdo en el primer año de
secundaria; era un niño moreno de facciones aindiadas, con una frente muy
estrecha bajo una cabellera de excesivos pelos opacos y parados. Era muy
delgado, como todos lo éramos en aquel entonces, pero más bajito que el
resto de nosotros.
En los primeros días, cuando nadie en el
salón había hecho aún amigos y todos actuábamos nerviosos sin saber cómo
relacionarnos con los demás después de seis años viendo las mismas caras, Luis
parecía feliz, un poco nervioso pero nada serio, si alguien le hablaba, un
alumno o algún profesor, él respondía tímidamente mostrando una sonrisa de
grandes dientes blancos y algo chuecos.
Las primeras clases se fueron en decir
nuestros nombres a los maestros y al resto de los compañeros, pero nuestra
maestra de historia (no recuerdo su nombre pero recuerdo que tenía unos senos
enormes que aparecieron en el momento justo de nuestra pubertad) no se presentó
las primeras tres semanas, dejándonos a cargo de una prefecta que nos ponía a
hacer los juegos más estúpidos que se pueda imaginar mientras pasaba la hora. Cuando
por fin apareció la maestra tetona, nos pidió que le diéramos nuestros nombres,
pero quiso también (con una malicia evidente que brilló en sus ojos) saber el
nombre y la ocupación de cada uno de nuestros padres, según ella, para saber
con quién tratar en caso de cualquier incidente. Quizá no nos dijo esto
exactamente, pero fue una excusa igual de estúpida para satisfacer su morbo.
Salvo mi padre que en aquel entonces era
el único pediatra que había en el pueblo, las ocupaciones que nombraban los
niños iban de albañiles y amas de casa, a obreros de fábricas en la ciudad a
amas de casa, a campesinos y amas de casa (No deben esperarse grandes puestos
de los padres de niños que asisten a una secundaria pública). Después de dar mi
pequeño informe no estaba interesado en oír los gloriosos trabajos que tenían
los padres del resto, así que comencé a escribir palabras sueltas en mi
cuaderno (Elizabeth, putas, drogas, cielo, laberinto, dios) y entonces sin
querer vi, como cuando estamos abstraídos en alguna idea y tenemos los ojos
abiertos pero es casi como si no viéramos, hasta que de repente, en un rincón de
alguno de nuestros ojos, algo comienza a moverse, algo que no debería estar
allí, algo que bien podría ser una rata o una bolsa de plástico; vi la mano de
Luis abrirse y cerrarse, abrirse y cerrarse una y otra vez, lenta y firmemente.
Cuando la abría los huesos de su mano se veían tensos, vibrantes, cuando la
cerraba con fuerza las venas saltaban por todo su brazo. Entonces llegó su
turno. Con voz temblorosa dijo su nombre, después guardó silencio por unos
segundos antes de continuar y decir que su padre ya había muerto y que su madre
era la vieja María, una ancianita que en aquellos días vendía, fuera de la
iglesia, dulces típicos mexicanos que ella misma preparaba y de la que los adultos
decían era antihigiénica, mientras los niños (si no todos, la mayoría) se
burlaban de su aspecto.
Cuando Luis se sentó, todo el salón
(incluso sus paredes) lo estaba mirando. Fue como si Luis comenzara a
transformarse, a sufrir una metamorfosis ante nuestros ojos o, mejor dicho,
como si algo cambiara en nuestros ojos, en nuestra manera de ver. Hasta ese
momento notamos sus zapatos rotos, sus pantalones remendados, las manchas en su
camisa, la suciedad en sus uñas, mientras Luis, sentado en su butaca, miraba el
suelo como asustado y su labio inferior temblaba como el de un cobarde. Entonces
lo descubrimos pobre (más pobre que todos en el salón), lo descubrimos humilde,
débil, miedoso, y un placer oscuro (pero placer al fin y al cabo) comenzó a moverse
en los corazones de los pequeños sádicos que allí se encontraban. El placer del
fuerte que lastima al débil, del niño que mata lagartijas y quema insectos sólo
porque puede hacerlo. Porque el poder y la fuerza siempre han gobernado en este
mundo. Entonces comenzó el infierno de Luis.
Ese mismo día, por la noche, mi madre me
habló un poco de mi compañero. Sus padres junto a su hermano mayor llegaron de algún
estado del sur a establecerse en el pueblo. Su madre comenzó inmediatamente con
la venta de dulces fuera de la iglesia. Su padre consiguió trabajo trayendo
mercancía pirata de Guadalajara para algunas tiendas del pueblo. Para su
desgracia, también fueron a la ciudad en abril del noventa y dos, el día de las
explosiones. El padre y el hermano de Luis murieron aquel día, cuando Luis era
apenas poco más que un bebé. Jamás encontraron el cuerpo de su hermano. Mi
madre también me dijo que las personas sólo hablan por hablar y que los dulces
de la mamá de Luis eran los más buenos de toda la región y que sólo ella sabía
hacerlos. Me dijo que fuera bueno con Luis, que hablará con él en la escuela.
Pero yo no hablaba con nadie, no me
interesaba. A la hora del recreo me sentaba bajo un árbol que estaba cerca del
salón y observaba. En un comienzo las bromas hacia Luis eran leves: Un sape a
la pasada, “perdón, Luis, es que tenías una mosca”, basura que le arrojaban dentro del salón, “perdón, Luis, yo
le tiré al bote pero te cruzaste, fue tu culpa” Y el imbécil se reía nervioso,
como diciendo, no hay problema pero tengan más cuidado, como queriendo
convencerse a sí mismo de que en realidad tenía una mosca en la cabeza, de que
en realidad era él quien se cruzaba cuando arrojaban la basura al bote, como si
no tuviera ya una hora sentado en el mismo lugar o como si la butaca se moviera
sola repentinamente. Quizá lo peor que pudo pasarle fue conocer a David en ese momento de su vida. David era un idiota, una bestia de diecisiete años que cursaba por tercera vez primero de secundaria. El clásico bravucón seguido por un grupo de débiles acomplejados; bastardos que soñaban con ser como él un día; que festejaban todos sus bromas, que secundaban todas sus acciónes. Cada que los veía molestar a Luis me recordaban a un grupo de gatos que jugaba con una lagartija en la casa de mi abuela; la mordían y arrancaban su carne a jirones, pero no la dejaban morir. Sé de buena fuente que ahora David recorre el pueblo con sus muletas y una bolsa de cacahuates cocidos colgando de su cuello y un cerebro destruido por el alcohol y la miseria.
Los días fueron sucediéndose unos a
otros, y con ellos llegaron los empujones, la extorsión (cuando éste se la
requería entregaba a David la única moneda de diez pesos con que llegaba a la
escuela). Llegaron los golpes, las humillaciones en público (en una clase de
educación física le bajaron el pantalón con todo y ropa interior frente a las
compañeras de distintos grupos). Si algún maestro se ausentaba durante la clase,
dejándonos solos unos minutos, David tiraba su pluma al piso y le decía a Luis
“recógela” éste terminaba haciéndolo después de ser amenazado un par de veces;
si no obedecía, era golpeado. Se fue volviendo arisco; comenzó a sentarse al
fondo del salón, casi pegado a la pared para que no le hicieran nada por la
espalda. Entraba después que todos los maestros, siempre llegaba tarde a la
primera clase. Reprobó todos los exámenes bimestrales. Hubo risas, carcajadas
escandalosas, animales salvajes que habían adquirido el don del pecado, ojos
húmedos, impotencia.
En una reunión de padres de familia, la
mamá de Luis, a pesar de su pobreza, nos regaló unos dulces de leche a todos en
el salón. Cuando me entregó el mío pude ver y sentir su mano: una mano bellísima,
fina y suave, limpísima. Todos dieron las gracias, pero una vez fuera del
salón, cuando los padres ya se habían retirado, David y sus lamebotas tiraron
los dulces y los pisotearon, cuidándose bien de que Luis los viera “no me voy a
comer lo que prepara una puerca india” dijo David y comenzó a reírse. Luis, que
presenciaba todo esto temblando, caminó como un autómata hacia David con toda
la intención de golpearlo, pero alguien le metió el pie haciéndolo caer. Todos
comenzaron a reírse como los malditos animales pecadores que eran. Luis se
quedó tirado en el piso por unos instantes que parecieron larguísimos. Después,
con lágrimas en los ojos, se puso de pie. Todos seguían riendo.
Aún ahora que han pasado tantos años, que he
visto a tantos hijos de puta anegados en alcohol, yendo cada vez más lejos en
el fantástico camino de las drogas, hundidos hasta el cuello en la
desesperación, no he vuelto a ver una mirada tan llena de rabia como la que
tenía Luis aquel día. A través de las lágrimas de odio sus ojos miraban a
David, inamovibles. Era obvio que quería matarlo, quizá, de haber podido, lo
habría hecho en aquel momento. Todos permanecíamos callados, incluso David
había parado de reír, entonces, atraída por el alboroto, apareció la prefecta
de los juegos estúpidos. Luis salió corriendo. No entró a la siguiente clase.
Pensamos que había salido de la escuela, pero no fue así.
Más tarde, en el receso que había
entre una clase y otra, me alejé del grupo sin que nadie lo notara, de la misma
manera que lo hacía todas las tardes. Me dirigí a la parte trasera del edificio
de carpintería donde en aquel entonces me escondía para fumar mis primeros
cigarrillos. Este era el lugar más apartado del plantel. A unos tres metros de
la parte posterior del edificio estaba un alto muro que marcaba el final del
terreno de la secundaria. Por las tardes no había taller de carpintería, así
que era un lugar solitario, casi olvidado. El pasto que crecía alto, el zumbido de
los insectos, mis pasos, las bocanadas, eran los únicos sonidos en aquel lugar.
Yo caminaba absorto en las palabras que se repetían en mi cerebro (álgebra,
senos, laberintos, dios). Entonces descubrí a Luis a unos metros de mí, sentado
contra el muro de carpintería, tan repentinamente que no pude evitar dar un
paso hacia atrás. Él me miró, su cara estaba roja y llena de lágrimas; me
miraba como con coraje. No sé qué me pasó en aquel momento que pensé que debía
decirle algunas palabras; y lo hice, viéndolo a los ojos le dije “¿sabes?
deberías dejar de ser tan marica” Luis
se puso de pie y pude ver que en su mano derecha sujetaba un marro. Caminó
rápido hacia mí y me observó con una rabia concentrada (ahora admito, no sin
cierta vergüenza, que en aquel momento sentí miedo), después soltó una risita
como de loco y corrió hacia la barda que marcaba el final del terreno de la
escuela y que daba a una calle bastante solitaria. La saltó con una
agilidad irreal, sujetando aún el marro en su mano derecha y escapó de la
escuela.
Por unos segundos permanecí de pie,
observando la pared por la que Luis acababa de escapar. Después me senté en el
mismo lugar que Luis ocupara minutos antes y encendí otro cigarrillo. No asistí
a la siguiente clase (la única clase a la que falté en tres años). Algo comenzaba
a abrirse paso entre mi cerebro atiborrado de imágenes y palabras. Algo más parecido
a una emoción que a una idea. Me sonreía a mí mismo entre fumada y fumada. Yo,
sin saber qué, sabía que algo pasaría. Yo entre toda esa manada de alumnos (que
no estudiantes) y profesores estúpidos sabía que algo pasaría. Algo que haría
que ese día dejara de ser rutinario. Era una especie de éxtasis, pronto habría
un estallido de la realidad y yo, ansioso, atravesaba los minutos previos a la
explosión sin decírselo a nadie.
Los sonidos tomaron una extraña fuerza.
El zumbido de los insectos, el murmullo del viento entre el pasto seco y largo
crecían en intensidad, cobraban masa, iban haciéndose tangibles. El humo de mi
cigarro subía dificultosamente a través de ellos. El cielo, después de las
siete de la tarde, era de un naranja cercano al rojo y había unas pocas nubes
grises aquí y allá. Miraba aquel cielo sin pestañear y al mismo tiempo el
marro y la risa de loco de Luis aparecían ante mis ojos. Un entumecimiento
extraño llenaba mi cuerpo poco a poco, al tiempo que una sensación de beatitud
llenaba mi espíritu y una sonrisa de placer se posaba sobre mi rostro. Que
bella me pareció la vida en aquel momento.
Entonces sonó la campana.
Apagué contra la pared mi cigarrillo y
casi corriendo me dirigí al salón. Cuando estuve cerca vi que unos pocos
alumnos comenzaban a salir. Entré e inmediatamente busqué a David con la
mirada, allí estaba él, acomodando algunas cosas en su mochila. Sonreí. Ni
siquiera me di cuenta de que el profesor aún se encontraba dentro del salón
hasta que me llamó para preguntarme dónde había estado, “lo siento maestro” le
dije, “me sentía mal del estómago, estuve en el baño y después pedí permiso
para comprar un refresco. Me lo tomé sentado en una banca del patio.” Después
me preguntó si ya me sentía mejor y le dije que sí; “está bien” me dijo, “nos
vemos mañana”. Los profesores me estimaban mucho, jamás faltaba a clases ni
fallaba con ninguna tarea.
Mientras hablaba con el maestro, David
abandonó el salón de clases. Tomé mi mochila y salí a buscarlo. No había
caminado aún treinta metros. Avanzaba despacio hacia la salida rodeado de sus
lamebotas. Comencé a seguirlos, ajusté el ritmo de mis pasos al suyo para
mantener la distancia.
De la secundaria salían grupos de niños
que se marchaban hacia distintas direcciones. Decenas de niños que (y esto sólo
los estúpidos lo ignoraban, no yo por cierto) no tenían ningún futuro, ninguna
esperanza de alcanzar lo que la televisión les decía que era el éxito, el
triunfo, la realización. Muchas de esas niñas estarían esperando un bebé antes
de salir de tercero; estarían esperando un bebé que sería estúpido como el
padre que quizá conocerían, quizá no. Todas las tardes, al salir de clases, la
escuela me parecía un monstruo que vomitaba el estiércol necesario para abonar
esta sociedad podrida. Unos pocos más podían verlo, pero la mayoría eran
demasiado idiotas como para sufrir por esto.
Pero aquella tarde no pensé en todas
estas cosas.
Caminaba a una distancia prudente detrás
de David y sus compinches. Caminamos cuatro cuadras, después doblamos a la
derecha, después a la izquierda, nos adentrábamos a los barrios pobres: casas
de fachadas de ladrillos, pisos de cemento o tierra. En algunas casas láminas
viejas jugaban el papel de puertas. Sentados a la entrada de sus casas, mujeres
y hombres viejos contemplaban con mirada dura el final del atardecer, mientras
niños de tres o cuatro años jugaban en calzoncillos a media calle, llenos de
tierra y mocos. En una esquina los amigos de David dieron vuelta dejándolo
seguir solo su camino. No podía creer que David viviese tan lejos. Las casas se
volvían cada vez más exiguas. Comenzaron a aparecer parotas que yo hasta
entonces desconocía. Cruzamos la vías que alguna vez recorrió un tren que
ninguno que tuviese nuestra edad podía recordar. Distantes lámparas comenzaron
a encenderse. Incrementé la distancia que me separaba de David. Había poca
gente en la calle así que temía que éste mirara atrás descubriéndome; para mi
fortuna, había bastantes árboles en el camino. Al llegar frente a una
abarrotería que se encontraba en la esquina de la acera (si se le puede llamar
acera a tierra amontonada un poco sobre el nivel de la calle) David buscó en
sus bolsillos, sacó una pocas monedas y entró al local. Entonces aproveché para
acortar la distancia que nos separaba, cuando casi llegaba a la tienda crucé la
calle y me oculté tras la carrocería oxidada de un Cadillac que quién sabe
cuánto tiempo tendría abandonada. Dentro de la tienda, David intercambiaba unas
palabras con el señor que atendía, mientras éste le ofrecía unos fósforos para
el cigarrillo que David acababa de comprar. En ese momento vi a Luis pasar a mi
lado, como si durante todo ese tiempo hubiese estado caminado a mis espaldas.
Cruzó de prisa la calle y se recargó contra la pared perpendicular a la entrada
de la abarrotería; yo podía verlo, pero David no podría antes de dar vuelta a
la calle. Llevaba el marro en su mano derecha. Luis me miró por un segundo,
pero tranquilo; ambos sabíamos que yo no diría nada.
Yo estaba como hipnotizado. Me puse de
pie sin importarme si David me veía o no. Cuando éste salió de la tienda daba
una profunda bocanada a su cigarrillo. Descendió de la acera, levantó la cara
al cielo y dejó escapar el humo de sus pulmones en una pequeña nube que fue
formándose sobre su cabeza. Bajó su
rostro y entonces me descubrió frente a él, al otro lado de la calle. Noté la
extrañeza en sus ojos; aún salía poco humo de su boca cuando me gritó: “¿qué
estás haciendo, pinche loco?” Parecía que iba a decirme algo más, pero en ese
momento Luis ya se encontraba detrás de él. Levantó el marro cuan largo era su
brazo y lo dejó caer, dando un golpe en la parte externa de la rodilla de
David, con tanta fuerza que la pierna de éste tomó un ángulo extrañísimo, el
ángulo con el que caminaría un monstruo en nuestras pesadillas. David cayó al
suelo retorciéndose. Luis puso un rodilla sobre su pecho y golpeó una, dos
veces más la misma rodilla; el sonido de ésta destrozándose me alcanzó, era
como el sonido de las nueces que mi abuela quebraba con la puerta de la casa, o
como el sonido que se desprendió del cuerpo de un perro que una vez vi ser
arrollado; pero estos sonidos pronto fueron opacados por el sonido de la mancha roja que comenzó a dibujarse en el
pantalón de David: Su sonido pobló todo el ambiente. En un comienzo fue como
estar sumergido en una piscina verde y muy profunda, después, como ir a gran
velocidad por una carretera nocturna con las ventanas del coche apenas
abiertas; conforme la mancha roja crecía, el sonido del viento que entraba por
las ventanas del coche iba volviéndose más agudo, cada vez más agudo y era como
si miles de insectos invisibles volaran alrededor de mí y del Cadillac; los
insectos invisibles comenzaron a crecer, sus sonidos iban haciéndose más
graves, cada vez más graves hasta parecer las olas de un mar nocturno
golpeándose furiosas contra un acantilado; el ritmo al que se movían las olas
fue cada vez más veloz, cada vez más veloz, cada vez más veloz, hasta terminar
en un enorme y hermoso ruido blanco; por un segundo que me pareció eterno, vi
millones de pequeños puntos blancos y negros apareciendo y desapareciendo sobre
la pantalla de un televisor gigantesco… Entonces la mancha roja dejó de crecer.
Su sonido cesó.
Vi pasar a mi lado a Luis, corriendo a
toda prisa, alejándose de David que se revolcaba en la tierra dando verdaderos
gritos de dolor. El señor de la tienda había salido y veía al joven a sus pies
sin saber qué hacer. De pronto dijo, dirigiéndose a mí: “Tú lo conoces,
¿verdad?” Yo permanecía en mi sitio, con los ojos muy abiertos mirando en
silencio. “Ve y llama a sus padres, viven de aquí a dos cuadras, es una puerta
oxidada.” Yo permanecía callado. “¡¿Qué chingados te pasa, niño!? Es una
emergencia, ve y llama a sus padres.” Algunas personas comenzaban a acercarse.
Me di media vuelta y comencé a correr tan rápido como mis piernas me lo
permitían. Mientras corría entre los árboles una risa incontrolable se
apoderaba de mí. A lo lejos, aún podía escuchar los gritos de David; fueron
como un bálsamo que cubría el dolor, y como un amuleto para mi vida, las cosas
marcharon bien, muy bien durante mucho tiempo.
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