lunes, 9 de noviembre de 2015

Luis

Se llamaba Luis y fue mi compañero por algún tiempo en la secundaria, después no volví a saber de él, hasta el día de hoy que me ha llegado la noticia de su muerte.
Lo recuerdo en el primer año de secundaria; era un niño moreno de facciones aindiadas, con una frente muy estrecha bajo una cabellera de excesivos pelos opacos y parados. Era muy delgado, como todos lo éramos en aquel entonces, pero más bajito que el resto de nosotros.
En los primeros días, cuando nadie en el salón había hecho aún amigos y todos actuábamos nerviosos sin saber cómo relacionarnos con los demás después de seis años viendo las mismas caras, Luis parecía feliz, un poco nervioso pero nada serio, si alguien le hablaba, un alumno o algún profesor, él respondía tímidamente mostrando una sonrisa de grandes dientes blancos y algo chuecos.
Las primeras clases se fueron en decir nuestros nombres a los maestros y al resto de los compañeros, pero nuestra maestra de historia (no recuerdo su nombre pero recuerdo que tenía unos senos enormes que aparecieron en el momento justo de nuestra pubertad) no se presentó las primeras tres semanas, dejándonos a cargo de una prefecta que nos ponía a hacer los juegos más estúpidos que se pueda imaginar mientras pasaba la hora. Cuando por fin apareció la maestra tetona, nos pidió que le diéramos nuestros nombres, pero quiso también (con una malicia evidente que brilló en sus ojos) saber el nombre y la ocupación de cada uno de nuestros padres, según ella, para saber con quién tratar en caso de cualquier incidente. Quizá no nos dijo esto exactamente, pero fue una excusa igual de estúpida para satisfacer su morbo.
Salvo mi padre que en aquel entonces era el único pediatra que había en el pueblo, las ocupaciones que nombraban los niños iban de albañiles y amas de casa, a obreros de fábricas en la ciudad a amas de casa, a campesinos y amas de casa (No deben esperarse grandes puestos de los padres de niños que asisten a una secundaria pública). Después de dar mi pequeño informe no estaba interesado en oír los gloriosos trabajos que tenían los padres del resto, así que comencé a escribir palabras sueltas en mi cuaderno (Elizabeth, putas, drogas, cielo, laberinto, dios) y entonces sin querer vi, como cuando estamos abstraídos en alguna idea y tenemos los ojos abiertos pero es casi como si no viéramos, hasta que de repente, en un rincón de alguno de nuestros ojos, algo comienza a moverse, algo que no debería estar allí, algo que bien podría ser una rata o una bolsa de plástico; vi la mano de Luis abrirse y cerrarse, abrirse y cerrarse una y otra vez, lenta y firmemente. Cuando la abría los huesos de su mano se veían tensos, vibrantes, cuando la cerraba con fuerza las venas saltaban por todo su brazo. Entonces llegó su turno. Con voz temblorosa dijo su nombre, después guardó silencio por unos segundos antes de continuar y decir que su padre ya había muerto y que su madre era la vieja María, una ancianita que en aquellos días vendía, fuera de la iglesia, dulces típicos mexicanos que ella misma preparaba y de la que los adultos decían era antihigiénica, mientras los niños (si no todos, la mayoría) se burlaban de su aspecto.
Cuando Luis se sentó, todo el salón (incluso sus paredes) lo estaba mirando. Fue como si Luis comenzara a transformarse, a sufrir una metamorfosis ante nuestros ojos o, mejor dicho, como si algo cambiara en nuestros ojos, en nuestra manera de ver. Hasta ese momento notamos sus zapatos rotos, sus pantalones remendados, las manchas en su camisa, la suciedad en sus uñas, mientras Luis, sentado en su butaca, miraba el suelo como asustado y su labio inferior temblaba como el de un cobarde. Entonces lo descubrimos pobre (más pobre que todos en el salón), lo descubrimos humilde, débil, miedoso, y un placer oscuro (pero placer al fin y al cabo) comenzó a moverse en los corazones de los pequeños sádicos que allí se encontraban. El placer del fuerte que lastima al débil, del niño que mata lagartijas y quema insectos sólo porque puede hacerlo. Porque el poder y la fuerza siempre han gobernado en este mundo. Entonces comenzó el infierno de Luis.
Ese mismo día, por la noche, mi madre me habló un poco de mi compañero. Sus padres junto a su hermano mayor llegaron de algún estado del sur a establecerse en el pueblo. Su madre comenzó inmediatamente con la venta de dulces fuera de la iglesia. Su padre consiguió trabajo trayendo mercancía pirata de Guadalajara para algunas tiendas del pueblo. Para su desgracia, también fueron a la ciudad en abril del noventa y dos, el día de las explosiones. El padre y el hermano de Luis murieron aquel día, cuando Luis era apenas poco más que un bebé. Jamás encontraron el cuerpo de su hermano. Mi madre también me dijo que las personas sólo hablan por hablar y que los dulces de la mamá de Luis eran los más buenos de toda la región y que sólo ella sabía hacerlos. Me dijo que fuera bueno con Luis, que hablará con él en la escuela.
Pero yo no hablaba con nadie, no me interesaba. A la hora del recreo me sentaba bajo un árbol que estaba cerca del salón y observaba. En un comienzo las bromas hacia Luis eran leves: Un sape a la pasada, “perdón, Luis, es que tenías una mosca”, basura que le  arrojaban dentro del salón, “perdón, Luis, yo le tiré al bote pero te cruzaste, fue tu culpa” Y el imbécil se reía nervioso, como diciendo, no hay problema pero tengan más cuidado, como queriendo convencerse a sí mismo de que en realidad tenía una mosca en la cabeza, de que en realidad era él quien se cruzaba cuando arrojaban la basura al bote, como si no tuviera ya una hora sentado en el mismo lugar o como si la butaca se moviera sola repentinamente. Quizá lo peor que pudo pasarle fue conocer a David en ese momento de su vida. David era un idiota, una bestia de diecisiete años que cursaba por tercera vez primero de secundaria. El clásico bravucón seguido por un grupo de débiles acomplejados; bastardos que soñaban con ser como él un día; que festejaban todos sus bromas, que secundaban todas sus acciónes. Cada que los veía molestar a Luis me recordaban a un grupo de gatos que jugaba con una lagartija en la casa de mi abuela; la mordían y arrancaban su carne a jirones, pero no la dejaban morir. Sé de buena fuente que ahora David recorre el pueblo con sus muletas y una bolsa de cacahuates cocidos colgando de su cuello y un cerebro destruido por el alcohol y la miseria.
Los días fueron sucediéndose unos a otros, y con ellos llegaron los empujones, la extorsión (cuando éste se la requería entregaba a David la única moneda de diez pesos con que llegaba a la escuela). Llegaron los golpes, las humillaciones en público (en una clase de educación física le bajaron el pantalón con todo y ropa interior frente a las compañeras de distintos grupos). Si algún maestro se ausentaba durante la clase, dejándonos solos unos minutos, David tiraba su pluma al piso y le decía a Luis “recógela” éste terminaba haciéndolo después de ser amenazado un par de veces; si no obedecía, era golpeado. Se fue volviendo arisco; comenzó a sentarse al fondo del salón, casi pegado a la pared para que no le hicieran nada por la espalda. Entraba después que todos los maestros, siempre llegaba tarde a la primera clase. Reprobó todos los exámenes bimestrales. Hubo risas, carcajadas escandalosas, animales salvajes que habían adquirido el don del pecado, ojos húmedos, impotencia.
En una reunión de padres de familia, la mamá de Luis, a pesar de su pobreza, nos regaló unos dulces de leche a todos en el salón. Cuando me entregó el mío pude ver y sentir su mano: una mano bellísima, fina y suave, limpísima. Todos dieron las gracias, pero una vez fuera del salón, cuando los padres ya se habían retirado, David y sus lamebotas tiraron los dulces y los pisotearon, cuidándose bien de que Luis los viera “no me voy a comer lo que prepara una puerca india” dijo David y comenzó a reírse. Luis, que presenciaba todo esto temblando, caminó como un autómata hacia David con toda la intención de golpearlo, pero alguien le metió el pie haciéndolo caer. Todos comenzaron a reírse como los malditos animales pecadores que eran. Luis se quedó tirado en el piso por unos instantes que parecieron larguísimos. Después, con lágrimas en los ojos, se puso de pie. Todos seguían riendo.
 Aún ahora que han pasado tantos años, que he visto a tantos hijos de puta anegados en alcohol, yendo cada vez más lejos en el fantástico camino de las drogas, hundidos hasta el cuello en la desesperación, no he vuelto a ver una mirada tan llena de rabia como la que tenía Luis aquel día. A través de las lágrimas de odio sus ojos miraban a David, inamovibles. Era obvio que quería matarlo, quizá, de haber podido, lo habría hecho en aquel momento. Todos permanecíamos callados, incluso David había parado de reír, entonces, atraída por el alboroto, apareció la prefecta de los juegos estúpidos. Luis salió corriendo. No entró a la siguiente clase. Pensamos que había salido de la escuela, pero no fue así.
Más tarde, en el receso que había entre una clase y otra, me alejé del grupo sin que nadie lo notara, de la misma manera que lo hacía todas las tardes. Me dirigí a la parte trasera del edificio de carpintería donde en aquel entonces me escondía para fumar mis primeros cigarrillos. Este era el lugar más apartado del plantel. A unos tres metros de la parte posterior del edificio estaba un alto muro que marcaba el final del terreno de la secundaria. Por las tardes no había taller de carpintería, así que era un lugar solitario, casi olvidado. El pasto que crecía alto, el zumbido de los insectos, mis pasos, las bocanadas, eran los únicos sonidos en aquel lugar. Yo caminaba absorto en las palabras que se repetían en mi cerebro (álgebra, senos, laberintos, dios). Entonces descubrí a Luis a unos metros de mí, sentado contra el muro de carpintería, tan repentinamente que no pude evitar dar un paso hacia atrás. Él me miró, su cara estaba roja y llena de lágrimas; me miraba como con coraje. No sé qué me pasó en aquel momento que pensé que debía decirle algunas palabras; y lo hice, viéndolo a los ojos le dije “¿sabes? deberías dejar de  ser tan marica” Luis se puso de pie y pude ver que en su mano derecha sujetaba un marro. Caminó rápido hacia mí y me observó con una rabia concentrada (ahora admito, no sin cierta vergüenza, que en aquel momento sentí miedo), después soltó una risita como de loco y corrió hacia la barda que marcaba el final del terreno de la escuela y que daba a una calle bastante solitaria. La saltó con una agilidad irreal, sujetando aún el marro en su mano derecha y escapó de la escuela.
Por unos segundos permanecí de pie, observando la pared por la que Luis acababa de escapar. Después me senté en el mismo lugar que Luis ocupara minutos antes y encendí otro cigarrillo. No asistí a la siguiente clase (la única clase a la que falté en tres años). Algo comenzaba a abrirse paso entre mi cerebro atiborrado de imágenes y palabras. Algo más parecido a una emoción que a una idea. Me sonreía a mí mismo entre fumada y fumada. Yo, sin saber qué, sabía que algo pasaría. Yo entre toda esa manada de alumnos (que no estudiantes) y profesores estúpidos sabía que algo pasaría. Algo que haría que ese día dejara de ser rutinario. Era una especie de éxtasis, pronto habría un estallido de la realidad y yo, ansioso, atravesaba los minutos previos a la explosión sin decírselo a nadie.
Los sonidos tomaron una extraña fuerza. El zumbido de los insectos, el murmullo del viento entre el pasto seco y largo crecían en intensidad, cobraban masa, iban haciéndose tangibles. El humo de mi cigarro subía dificultosamente a través de ellos. El cielo, después de las siete de la tarde, era de un naranja cercano al rojo y había unas pocas nubes grises aquí y allá. Miraba aquel cielo sin pestañear y al mismo tiempo el marro y la risa de loco de Luis aparecían ante mis ojos. Un entumecimiento extraño llenaba mi cuerpo poco a poco, al tiempo que una sensación de beatitud llenaba mi espíritu y una sonrisa de placer se posaba sobre mi rostro. Que bella me pareció la vida en aquel momento.
Entonces sonó la campana.
Apagué contra la pared mi cigarrillo y casi corriendo me dirigí al salón. Cuando estuve cerca vi que unos pocos alumnos comenzaban a salir. Entré e inmediatamente busqué a David con la mirada, allí estaba él, acomodando algunas cosas en su mochila. Sonreí. Ni siquiera me di cuenta de que el profesor aún se encontraba dentro del salón hasta que me llamó para preguntarme dónde había estado, “lo siento maestro” le dije, “me sentía mal del estómago, estuve en el baño y después pedí permiso para comprar un refresco. Me lo tomé sentado en una banca del patio.” Después me preguntó si ya me sentía mejor y le dije que sí; “está bien” me dijo, “nos vemos mañana”. Los profesores me estimaban mucho, jamás faltaba a clases ni fallaba con ninguna tarea.
Mientras hablaba con el maestro, David abandonó el salón de clases. Tomé mi mochila y salí a buscarlo. No había caminado aún treinta metros. Avanzaba despacio hacia la salida rodeado de sus lamebotas. Comencé a seguirlos, ajusté el ritmo de mis pasos al suyo para mantener la distancia.
De la secundaria salían grupos de niños que se marchaban hacia distintas direcciones. Decenas de niños que (y esto sólo los estúpidos lo ignoraban, no yo por cierto) no tenían ningún futuro, ninguna esperanza de alcanzar lo que la televisión les decía que era el éxito, el triunfo, la realización. Muchas de esas niñas estarían esperando un bebé antes de salir de tercero; estarían esperando un bebé que sería estúpido como el padre que quizá conocerían, quizá no. Todas las tardes, al salir de clases, la escuela me parecía un monstruo que vomitaba el estiércol necesario para abonar esta sociedad podrida. Unos pocos más podían verlo, pero la mayoría eran demasiado idiotas como para sufrir por esto.
Pero aquella tarde no pensé en todas estas cosas.
Caminaba a una distancia prudente detrás de David y sus compinches. Caminamos cuatro cuadras, después doblamos a la derecha, después a la izquierda, nos adentrábamos a los barrios pobres: casas de fachadas de ladrillos, pisos de cemento o tierra. En algunas casas láminas viejas jugaban el papel de puertas. Sentados a la entrada de sus casas, mujeres y hombres viejos contemplaban con mirada dura el final del atardecer, mientras niños de tres o cuatro años jugaban en calzoncillos a media calle, llenos de tierra y mocos. En una esquina los amigos de David dieron vuelta dejándolo seguir solo su camino. No podía creer que David viviese tan lejos. Las casas se volvían cada vez más exiguas. Comenzaron a aparecer parotas que yo hasta entonces desconocía. Cruzamos la vías que alguna vez recorrió un tren que ninguno que tuviese nuestra edad podía recordar. Distantes lámparas comenzaron a encenderse. Incrementé la distancia que me separaba de David. Había poca gente en la calle así que temía que éste mirara atrás descubriéndome; para mi fortuna, había bastantes árboles en el camino. Al llegar frente a una abarrotería que se encontraba en la esquina de la acera (si se le puede llamar acera a tierra amontonada un poco sobre el nivel de la calle) David buscó en sus bolsillos, sacó una pocas monedas y entró al local. Entonces aproveché para acortar la distancia que nos separaba, cuando casi llegaba a la tienda crucé la calle y me oculté tras la carrocería oxidada de un Cadillac que quién sabe cuánto tiempo tendría abandonada. Dentro de la tienda, David intercambiaba unas palabras con el señor que atendía, mientras éste le ofrecía unos fósforos para el cigarrillo que David acababa de comprar. En ese momento vi a Luis pasar a mi lado, como si durante todo ese tiempo hubiese estado caminado a mis espaldas. Cruzó de prisa la calle y se recargó contra la pared perpendicular a la entrada de la abarrotería; yo podía verlo, pero David no podría antes de dar vuelta a la calle. Llevaba el marro en su mano derecha. Luis me miró por un segundo, pero tranquilo; ambos sabíamos que yo no diría nada.
Yo estaba como hipnotizado. Me puse de pie sin importarme si David me veía o no. Cuando éste salió de la tienda daba una profunda bocanada a su cigarrillo. Descendió de la acera, levantó la cara al cielo y dejó escapar el humo de sus pulmones en una pequeña nube que fue formándose  sobre su cabeza. Bajó su rostro y entonces me descubrió frente a él, al otro lado de la calle. Noté la extrañeza en sus ojos; aún salía poco humo de su boca cuando me gritó: “¿qué estás haciendo, pinche loco?” Parecía que iba a decirme algo más, pero en ese momento Luis ya se encontraba detrás de él. Levantó el marro cuan largo era su brazo y lo dejó caer, dando un golpe en la parte externa de la rodilla de David, con tanta fuerza que la pierna de éste tomó un ángulo extrañísimo, el ángulo con el que caminaría un monstruo en nuestras pesadillas. David cayó al suelo retorciéndose. Luis puso un rodilla sobre su pecho y golpeó una, dos veces más la misma rodilla; el sonido de ésta destrozándose me alcanzó, era como el sonido de las nueces que mi abuela quebraba con la puerta de la casa, o como el sonido que se desprendió del cuerpo de un perro que una vez vi ser arrollado; pero estos sonidos pronto fueron opacados por el sonido de la  mancha roja que comenzó a dibujarse en el pantalón de David: Su sonido pobló todo el ambiente. En un comienzo fue como estar sumergido en una piscina verde y muy profunda, después, como ir a gran velocidad por una carretera nocturna con las ventanas del coche apenas abiertas; conforme la mancha roja crecía, el sonido del viento que entraba por las ventanas del coche iba volviéndose más agudo, cada vez más agudo y era como si miles de insectos invisibles volaran alrededor de mí y del Cadillac; los insectos invisibles comenzaron a crecer, sus sonidos iban haciéndose más graves, cada vez más graves hasta parecer las olas de un mar nocturno golpeándose furiosas contra un acantilado; el ritmo al que se movían las olas fue cada vez más veloz, cada vez más veloz, cada vez más veloz, hasta terminar en un enorme y hermoso ruido blanco; por un segundo que me pareció eterno, vi millones de pequeños puntos blancos y negros apareciendo y desapareciendo sobre la pantalla de un televisor gigantesco… Entonces la mancha roja dejó de crecer. Su sonido cesó.
Vi pasar a mi lado a Luis, corriendo a toda prisa, alejándose de David que se revolcaba en la tierra dando verdaderos gritos de dolor. El señor de la tienda había salido y veía al joven a sus pies sin saber qué hacer. De pronto dijo, dirigiéndose a mí: “Tú lo conoces, ¿verdad?” Yo permanecía en mi sitio, con los ojos muy abiertos mirando en silencio. “Ve y llama a sus padres, viven de aquí a dos cuadras, es una puerta oxidada.” Yo permanecía callado. “¡¿Qué chingados te pasa, niño!? Es una emergencia, ve y llama a sus padres.” Algunas personas comenzaban a acercarse. Me di media vuelta y comencé a correr tan rápido como mis piernas me lo permitían. Mientras corría entre los árboles una risa incontrolable se apoderaba de mí. A lo lejos, aún podía escuchar los gritos de David; fueron como un bálsamo que cubría el dolor, y como un amuleto para mi vida, las cosas marcharon bien, muy bien durante mucho tiempo.

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