Corría
tan rápido que ni siquiera supo quiénes lo perseguían tras haber derrumbado
aquel objeto sagrado.
Bajando
la montaña el viento sopló haciéndolo volar, feliz, miraba la infinitud de las
tierras, la soledad de los caminantes, la desesperanza de aquellas calaveras
grises arando el pasto y él fue tras ellos, esquivando los relámpagos y la
inmensidad de los monstruos, las armas de fuego, las palabras que amurallaban las
páginas, acuchillaba la tristeza de las máquinas que lo percibían como algo
más, cotidiano, como carne de cañón, como otra sincera excusa para seguir
pensando, para reflexionar en un limbo profundo, en un pozo de memorias casi
olvidadas, pero el puma se aventó al pozo e intentó salvar de la placenta de la
madre al feto retorcido y bello que iba a ser tomado por los sabios para un
sacrificio, como ladrillo para edificar abstracciones burdas de leyes y
conocimientos vanos y siguió corriendo.
Corrió,
corrió como descocido, corrió como guepardo, corrió como carro de carreras,
corrió a Mach 1, a Mach 2, a Mach 3, corrió hasta a Mach 8 y las condiciones
atmosféricas cada vez se veían más distorsionadas, los bordes se desdibujaban y
los colores cada vez más vivos, embellecían el Caos Ideológico que invadía las
praderas, las montañas y que hacía mirar las cosas de otro modo, como un
fraude, como algo sin sentido, sin una significación trascendental que guiara
su camino.
Dejó al
bebé perdido en el tiempo, donde su madre desnaturalizada no pudiera llorarle,
donde las garras de los humanos no se burlaran de su forma singular y siguió su
camino.
Guardián
de la continuidad tuvo que evitar que las ondas de choque no causaran desastres
naturales rasgando la dirección de los ríos y los bordes de los lagos,
equilibrando la evolución de las tierras y dejando a las calaveras grises
coloridas, bailando hasta el día de muertos en que les tocara pasar hambres
frente a sus altares o hasta que les tocara una visita a sus hijos desgraciados.
Puma,
polvo de estrella de las montañas de no haber sido por tu astucia esta tarde no
seriamos tan coloridos, tan felices, tan valientes como para romper los íconos
de lo que nos mantiene en silencio, a la sombra de ideas ajenas, en un púlpito sin
público aguardando el abucheo del viento que te persigue y te da vida para que
sigas corriendo hasta perfeccionar la cosmogonía de nuestros futuros ancestros,
la nuestra, la de ellos, la que nadie quiere escribir, la de los anónimos, la
que no borra las demás, la que no discrimina ni selecciona, la que aprende de
la sabiduría de la naturaleza, del saber estar en el mundo y poder ser en un
mundo donde habita el acoso de las ideas que evita la comprensión de lo que se
busca desear.
Escrito por: Aldo Rodrigo González Casillas
imagen rescatada de:
Fuentes, Javier. (2012). "Hanson, Lewis, Kush" El
hurgador [arte en la red]. Visto por última vez el 1 de marzo del 2015 en: http://elhurgador.blogspot.mx/2012/03/hanson-lewis-kush.html

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