miércoles, 11 de febrero de 2015

Cholo pero nunca mal acompañado

Cholo pero nunca mal acompañado

El joven se despertó, había pasado  una larga noche acompañado del sueño profundo que hace mucho no podía lograr, ahora sabía que tenía que dejarlo, y mezclarse con la flojera del despertar rutinario. Permitió que solo entrara ojo y medio de luz a su mente. Así logró despegar las telarañas matutinas entre las ropas de la cama y su cuerpo.  Se sentó sintiendo el frio, en el pie izquierdo, de un suelo que ha reposado toda la noche, miró hacia él  y se dio cuenta  que el otro pie estaba sobre aquel gorro negro que lo hizo llevar una facha que ahora sólo quedaría debajo de la cama y  que  todas las mañanas, con un ligero movimiento de rodilla, lo dejaba ahí enterrado. Inmediatamente  después de hacerlo, se rascaba los muslos hasta dejarse roja la carnita y se iba directo a la ducha para quitarse la comezón, arreglarse e ir a que le pagaran con besos algunos poemas…
       
A ese bato yo lo conocí mucho antes de que él me conociera a mi. Aunque comenzamos a ser “nosotros” cuando el machín tenía unos quince, casi dieciséis años. El bato y yo nos comenzamos a juntar cuando convivía con los rucos de la vieja escuela, es decir del barrio loco, neta bien locote, aquel que nunca nos tocó vivir, pero reconstruíamos en la colonia al escuchar  entre la raza y la familia las historias de sus aventuras por las calles llenas de madrazos y destrucción neuronal chingona. Sin olvidar que nunca se deja abajo a quien te acompaña.
       Entonces fue cuando empezamos a ser bien compas, y nos daba comezón las ansias de saber que pasaba sí aplicábamos las mismas. Fue en esos ratos que nos agarró el gusto por usar gorrito y anduvimos tirando barrio, tirando rostro y tirando el tiempo. Tal como lo imaginábamos y sustentábamos al hacer nuestras las experiencias que nos contaba la raza entre la banda como tú.   Aquella banda que no le tocó que la vida hiciera que sus padres les enseñaran a sus hijos sentir el significado de las palabras “divorcio”, “bastardo” o “casa del DIF”.  Esas palabras que solo eran utilizadas como ejemplos para apreciar más tu vida. Pero entendimos bien esa gran diferencia el día que tus jefes te agarraron y viéndote a los ojos dijeron:
 -Ire mijo, usted no me debe amor, ese se lo doy yo y nunca le hará falta mientras su madre y yo sigamos existiendo. Uste me debe el respeto, en todos los aspectos, en especial a todo lo que le diga y ordene, ya  que jamás será para perjudicarlo.
       Claro que de inmediato, retorciendo el gorro que tu jefe había ordenado te quitaras para cenar, pensamos:
 “ya sé que no me perjudica, pero sí que me chinga y parece que solo sirves para eso, para chingar”
       Sin embargo, a tus jefes nunca les podrás reclamar la falta de cariño y ejemplo honroso ante una vida jodida. Cosa que la raza de la vieja escuela sabía y usaba para tirarnos carrilla y desprestigiar las historias que llegábamos a contarles con sangre de fresa en los nudillos. La raza siempre terminaba  demeritando y diciendo que para que hicieras todo eso, contabas con el permiso de tus jefes.
       A mí me recagaba el palo escuchar eso. Que no se te reconociera, pero aun más, que te quedabas callado como escusado, así nomás,  recibiendo caca de los más pendejos, sin hacerles ver la importancia y la envidia que ellos tenían al querer hacer menos tus aventuras por medio de lo que ellos nunca habían tenido. En ese momento fue que yo aproveché y logré convencerte, convirtiendo tus tristezas en enojos para mandarlos a la chingada y comenzar a hacer verdadera historia malandra en la vida.
       Entonces me aceptaste como nunca, hicimos varia daga y como buen acompañante, nunca me dejaste abajo, siempre ahí andabas a pie de cañón. Comenzamos aplicándola ahí por Enrique Diaz de León e Hidalgo, nos parecía un lugar chingón para echar la huida dando vuelta en las esquinas de  tantas callecitas y avenidas que estaban paralelas y las cruzaban. Yo me aventaba el jale y tu solo ponías condiciones, una de ellas era robar viejitas, “digo, ni que nos fueran a alcanzar corriendo”. Rematábamos al tomar a préstamo urbano una moto mal estacionada  y pasearnos por la avenida de la patria y romper parabrisas valiendo madre en cada pinche antro que nos fuéramos encontrando, “de todos modos ningún pinche fresa de Guanatos merece respeto”. Así sentíamos el rigor como una carga de vida a la chingada. Pero siempre y a lo que nunca le pusiste muchas condiciones fue comenzar a bazukear, como nos dábamos grasa al andar bien bazukos por la plaza de armas, ahí mero, enfrente de donde está el balazo de don Doroteo. Nos alucinábamos diciendo que era rendirle honores, ya que si él sacó su arma y tiró un balazo, nosotros sacábamos  la nuestra, con la única diferencia que la nuestra era de lata y la munición de roquitas. Así duramos un buen ratote haciendo hoyos en el reloj del centro de nuestra  vida.
       Pero llegó el momento en que me preocupé por ti, siempre que llegabas a tu cantón y  te pegaba una cruda inmensa, yo me hacía a un lado en esos ratos, pero sentía como sufrías junto con las ansias que se te pasaban a la carnita de los muslos; hasta dejarlos rojos de la comezón, como en señal de la necesidad de algo. A mí no me hubiera importado, me hubiera parecido como cualquier otro día en el que llegaba la hora de hacer dagas, sino es porque ese día, antes de ir a satisfacer la comezón que nos daba salir, leí, y  me di cuenta de que no era algo, sino alguien, eso me dijeron los escritos que hacías al llegar  cuando siempre me hacía a un lado, y agarré un pedazo de mi pensamiento, que siempre anduvimos cholos,  y no tenias en quien descargar la otra parte de ti, aquella parte que solo era escuchada por una hoja en blanco y tinta  y nada más.
       Por eso aquel día yo la vi y algo me decía muy recio que le ibas a interesar. Sabía que me harías a un lado por ella, pero me valió madres, yo nunca te dejaría abajo porque entendí que yo era quien te acompañaba y no al revés, yo surgí del barrio y ahí estaría presente. Entonces me acerqué, y antes de que me pudieras recordar las pinches condiciones, me tendí,  le quité su bolsa viéndola a los ojos que conformaban una cara de sorpresa  y me eché a correr.  Tú no, tú te quedaste, y dejaste que me fuera corriendo  y pegará fuga dando vuelta en alguna esquina de la profundidad de tu mente.

un cholo corrió para quedarse. haciendo esquina.

…el joven apretó el bolso, lo olió, se volteó y se lo regresó a la muy bonita muchacha diciendo:
-Disculpe mujer, no quería deshacerle los bonitos de su cara.
-¿Perdón?- contestó ella, mientras no sabía si se trataba de algo en serio o una forma muy rara de ligar.
-Es que veo que lo que hice. Y  casi provoco que sus bonitos ojos de deshagan en agua, junto con su bonita nariz. Así como la bonita sonrisa que tiene y no sabe si deformarla  en susto o en gusto. Pero permítame invitarle una nieve y caminar hasta el teatro y disculparme.  A ver si encuentro la forma de reconstruir, yo mismo,  esos bonitos que adornan su cara y casi logro deshacer en este día.

       Entonces la señorita aceptó la invitación del joven más por intriga que por miedo, a ella nunca la habían tratado así. Las formas que el joven utilizó le parecieron bellas, muy único que alguien trate de conquistar a una mujer  arrepintiéndose que quererse-la robar, esto la llenó de gusto y emoción. Al final del día besáronse. El joven se dio cuenta que ya no traía puesto el gorro, pero no le importaba, sabía que lo iba a encontrar a la mañana siguiente debajo de la cama acompañándolo.  Ahora le pagaban con besos su interior.



 Ricardo González

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