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Si yo
tuviera algo que hacer no estaría aquí.
Observa la banca
color verde oscuro frente a la mía en los alrededores del teatro sin cabeza.
Antes de la televisión esta plaza fue el primer degollado de cara blanca que dejaron
para que todos se reconocieran tapatíos de capital, paseando por ahí admirados
de la función al caminar hasta hartas horas de lo cotidiano, del pasear por su centro color calles grises con sonidos de cuadritos, pa´que las
calandrias suenen a gusto, a centro. Hoy se pelean por las plazas y los
degollados significan otra cosa desastrosamente cotidiana en todos los centros
de todo nosotros. Esa realidad me fumo para desacreditarla pero seguirla
alimentando. Yo soy de estos y aquellos entre muchos, aquí heredamos a
preferencia el nombre de origen: Guanatos. Del porqué no sabemos su significado
pero defendemos el descubrimiento de ese nombre, el centro de la tierra de Xal, por ahí chichimeca cerca de las pirámides redondas. Donde los caballos no se quejan nunca de estar
parados y el Degollado es un teatro y no
una noticia de pantalla. Cuando lo peor de bajar de
una pirámide redonda es que se cae una piedra en tu paso descendiente, y pido perdón a la razón de mago
para cerrar los ojos y
Pensar en la
piedra
Entonces me puse el gorro y me puse dar la
vueltas donde no hubiera tanta gente de Guadalajara con su familia. Crucé de una
esquina a otra para llegar a la siguiente plaza, la del balazo, aquí llegaron a
pasar con sus armas algunos sin saber el por qué las tenían. Mi arma me ayuda a
fumar.
Me cabe en el bolsillo, es una basuka.
Escrita con “s”, si fuera con “z”, me dejaría dormir. Pero es miércoles, se me
acaba la hora del trabajo de no comer con ella en la calle; no soporto el olor
a donitas en el jale y guardar un peso de la misma comida me compra una roquita
para mi armita. Mi gorro era blanco y en estos días es gris, color ciudad en el
centro. Si te caes como mi gorro de la cabeza, te manchas de gris las manos, el
pantalón se rompe de las bolsas y se oyen risas de niñas con sus gusanitos de
plástico en ruedas de cascabel; mientras observamos luciérnagas aéreas voladoras
de arriba hacia abajo, a duro caer y
girar sus alas hasta el suelo. Distraído cara pálida, ya tirado en el suelo, la roca siento se hizo pedacitos, el
arma intacta en la caída me hizo regresarles la sonrisa a las señoritas hasta
pensar en algo.
El día era amarillo, las ocho de la tarde: Verano. Yo no tengo reloj, no quiero venderlo cuando deje la plaza, tengo
diez minutos para no llegar tan tarde del descanso. Ahí pasan tantas familias
de la mano, el hijo de la chingada, el padre santo y la debida madre camino al
camión. Yo debo quemar la última roca hecha pedacitos. Navajas de base rosan
mis dedos por curarme antes de sentarme en la siguiente banca verde, esperando la
partida del abuelito que llegó primero para fumar un segundo o dos y tres y
cuatro partículas del tiempo para inhalar frío pero discreto, exhalo como
cabello quemado, termino y volteo a la siguiente banca para descansar pero
soltar el humo como caminando. El día nunca fue tan rosa de regreso a la
locura. Se me olvida el trabajo pero voy caminando a él. Puedo pensar en muchas
palabras pero ninguna me hace el favor de tocarte, ninguna coordina bien el movimiento de la boca
por acabar en besar aire con el nombre de tu cuerpo, sostenido de mi gusto por
el vicio, la piedra de acordarme la última vez que estabas viva, cuando te caíste
como ollinitetl ligera, de una pirámide delicada soltaste mi mano, y diste al suelo con
una sonrisa de perla. Así quedaste: sonriendo en silencio afable y una mayahuelada derramada en tu vestido. Guadalajara
te llamaron tus padres porque se conocieron en Francia y se enamoraron en esta
misma ciudad, te hicieron en una calandria robada. Escaparon a Niza por su
crimen y te mandaron de regreso veintiún años después, a conocer el sitio de tu
nombre perteneciente de una historia donde a veces llueven perlas de agua dura. Las derretíamos
para hacerlas jugo de hijos con bellas sonrisas. La lluvia nunca fue tan preciada y mis dientes nunca
estuvieron tan fríos antes de un beso. Entre tanto una piedra sigue tirada al
costado de la redonda pirámide, ahí la dejaron por pesada y delicada situación.
Nunca regresé a trabajar. Hoy hace un año te mató una roca y de ahí me las fumo
y regreso a la chamba donde nos
conocimos a bajar loquera para acordarme que te quiero olvidar. Que te caiste.
A mí, Guadalajara se me murió sin ti Guadalajara
hoy se llama Guanatos
como escuincle todo cholo
sonríe
desde que anda buscando
excusas
sin correa
los perros siempre se escuchan desde cualquier
azotea
y
se ponen a escribir para olvidar alguna posible cura a la adicción romántica.
El gorro me lo quitó el calor dentro de la sombra que me hace el
quiosco. El de las armas. El viento pasa con una mosca para voltear a ver el
reloj, y me encuentro con el recuerdo del primer balazo que saco humo en esta
plaza. Un niño grita “mira apapi, el
balazo de Pancho Villa”. El señor le responde sin voltearlo a ver: ese señor se
llamaba Doroteo.
Igual a mi nombre.
Tu Cholo tú
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